jueves, 20 de agosto de 2015

Testimonio del árabe loco - II

EL CRANEO DE LA MALDAD

“ He encontrado el pórtico que conduce al exterior, ante el que los antiguos, que siempre buscan entrar en nuestro mundo, mantienen una eterna vigilia. He respirado los vapores de aquella antigua, la reina del exterior, cuyo nombre esta escrito en el terrible texto Magan, el testamento de alguna civilización muerta por culpa de sus sacerdotes, que, anhelantes de poder, abrieron ese terrible y maligno pórtico una hora mas de la debida, siendo consumidos. Adquirí este conocimiento debido a unas circunstancias bastante peculiares, cuando aun era el ignorante hijo de un pastor de lo que los griegos llaman Mesopotamia.
Cuando apenas era un joven que viajaba solo por las montañas hacia el este, que sus habitantes llaman Masshu, di con una roca gris tallada con tres símbolos extraños. Se erguía tan alta como un hombre y tan ancha como un toro. Se hallaba firmemente emplazada en tierra y no fui capaz de moverla. Sin pensar mas en las tallas, salvo que podían ser el decreto de un rey que había marcado alguna antigua victoria sobre un enemigo, encendí un fuego en su base con el fin de protegerme de los lobos que vagan por aquellas regiones y me fui a dormir, ya que era de noche y me encontraba lejos de mi poblado, Bet Durrabia. A tres horas del amanecer, el diecinueve de Shabatu, me despertó el ladrido de un perro, o quizá el aullido de un lobo, extrañamente sonoro y cercano.
El fuego se había convertido en unas brasas, y los rojos y resplandecientes rescoldos proyectaban una débil y danzante sombra sobre el monumento de piedra con las tres tallas. Mientras me apresuraba a encender otra hoguera, la roca gris comenzó a elevarse despacio en el aire, como si fuera una paloma.
Fui incapaz de moverme o hablar debido al miedo que paralizó mi columna vertebral e inmovilizó mi cerebro con dedos gélidos. El Dik de Azug-bel-ya no me era mas extraño que esta visión, aunque pareció fundirse entre mis manos. De inmediato oí una voz baja que procedía de cierta distancia, y un miedo distinto al de la posibilidad de que fueran unos merodeadores se apoderó de mi; temblando, rodé hasta situarme detrás de unos arbustos.
Otra voz se unió a la primera y, al rato, varios hombres vestidos con túnicas negras de los ladrones se reunieron en el lugar en donde yo había estado, rodeando la roca flotante, sin mostrar ninguna señal de pavor.
Entonces vi con claridad que las tres tallas del monumento brillaban con una centelleante tonalidad flamígera, como si la roca estuviera ardiendo. Las figuras murmuraban al unísono, una plegaria de invocación, de la que apenas se podían distinguir algunas palabras, y estas eran en una lengua desconocida; no obstante ¡ y que Anu se apiade de mi alma!, estos rituales ya no me son desconocidos.
Los hombres a los que no podía distinguir o reconocer sus caras, empezaron a apuñalar con frenesí el aire con unos cuchillos que brillaban fríos y afilados en la noche de la montaña.
De debajo de la roca flotante, del mismo suelo donde había estado emplazada, se alzó la cola de una serpiente. Sin duda era la mas grande de las que yo había visto. La parte mas delgada tenia el grosor del brazo de dos hombres, y, a medida que se elevaba de la tierra, la siguió otra, aunque el fin de la primera no se distinguía y parecía hundirse en el mismo Abismo. Esas extremidades fueron seguidas por otras; el terreno comenzó a sacudirse bajo la presión de tantas extremidades enormes. El cántico de los sacerdotes, por que ya sabia que eran los sirvientes de un poder oculto, se hizo mucho mas sonoro, casi histérico: ¡IA! ¡IA! ¡ ZI-AZAG ! ¡IA! ¡IA! ¡ ZI-AZKAK! ¡IA! ¡IA! ¡ KUTULU ZI KUR! ¡IA!
El lugar donde me ocultaba se humedeció con una sustancia, ya que me encontraba en terreno descendente al de la escena que contemplaba. Toqué el liquido y descubrí que se trataba de sangre.
Dominado por el horror, lancé un grito y delaté mi presencia a los sacerdotes.
Se volvieron hacia mi y con repugnancia me di cuenta de que se habían cortado el pecho con las dagas que habían empleado para levantar la piedra, todo ello con algún propósito místico que no pude adivinar; aunque ahora ya se que la sangre es el alimento de esos espíritus, razón por la cual los campos de guerra, una vez que la batalla ha concluido, brillan con una luz antinatural, por que allí es donde las manifestaciones de los espíritus se alimentan. ¡ Que Anu nos proteja a todos !