viernes, 8 de mayo de 2015

Monólogo de Lilith

Olvidaste que fuimos hechos de polvo cósmico, somos iguales. ¿En qué momento comenzaste a posar como pavo real, mientras la humanidad se hundía en el lodo de la guerra y la miseria? La mitología me señaló con la culpa de tenerte entretenido entre juegos, sexo, engaños, brujerías. Estoy lejos de considerar ese pasaje.
Aunque un día fuimos felices, nuestra relación se deterioró muy temprano. Sentí tristeza de alejarme, de decirte “no más”, después empecé a verte como a un padre o a un amante desolado, cada vez más incapaz de cumplir promesas de tierras a los elegidos, cada vez menos eficiente en hacer llover maná del cielo.
Sin embargo, nunca has engañado a nadie, por eso puedo mirarte a los ojos y escupir sobre tu nombre. Fui consciente de las desventajas patriarcales, pude darme cuenta de cómo fueron calladas poco a poco mis amadas hijas, mis profetisas suplantadas, mis hechiceras calcinadas, mis madres declaradas impuras. Sangré con sus dolores, ¿a dónde se fueron las otras, cada una con su historia? Como un testigo de segunda, como Lilith la diosa de escasos poderes, he actuado en nombre de mis hijas, he llevado conmigo cada sufrimiento, cada negación, cada injusticia, cada amordazamiento lo he vivido en mi carne cósmica.
Entré en guerra cuando me nombraste capitana del otro bando, a mí, la auto-exiliada, la que se desnudó ante ti porque te deseaba, la que un día fue feliz contigo y dejó de serlo porque así es el desencanto, porque me decidí por seres menos perfectos que tú, porque vi valor y virtud en los perdedores, inteligencia en las mujeres, astucia en los pecadores, ternura en los arrepentidos, abandono y compasión en los moribundos.
Así fue que terminé, sin darme cuenta, ocupándome de los seres que no quieren nacer.
Aquellos que por una extraña visión saben con lo que se van a encontrar y me llaman para que los salve del porvenir y, de paso, para que salve a sus madres de la culpa de haberlos tirado en esta cloaca que es el mundo, y que algunas de mis extraviadas siguen llenando con seres que no querían llegar, con seres no deseados.
Mi fecundidad es excesiva y libre de culpa, consiste en tomarme el semen que sobra de las relaciones sexuales de todos los hombres de la tierra. Vivo preñada y a la vez pariendo espiritejos, hijos naturales de los hombres, seres sin cuerpo, demonios con los mismos derechos de los hijos legítimos.
Mi lujuria va de la mano con la alegría, el derroche, el ingenio, la gracia y la intuición.
Mi pasión legitima la existencia de seres libres.
Mi conocimiento para dar la vida y al mismo tiempo poderla quitar, me hace Diosa.
Por ese conocimiento me has envidiado, me has temido, has enviado sobre mí la oscuridad, me vinculaste a las sombras, a la rebeldía, a la perversión, cuando no hay nada más perverso que tu orden de atacar.
Un día cualquiera me senté a descansar en mi desierto y terminé observándome una herida en el bajo vientre, escarbé en ella con los dedos y empezaron a salirme todos los pobres de la tierra, hordas de hombres y mujeres desarraigados, incurables para la existencia, sin mayor posesión que sus dolorosas llagas de humildad, silencio, desamor, rebeldía y pesadumbre. ¿A qué horas los creaste a tu imagen y semejanza, sin mayor posesión que la miseria de existir? ¿En qué momento me dejé acorralar tanto en mi condición demoníaca? ¿Por qué no acudí a sus no nacimientos? ¿Por qué no estuve en la repartición?, alguna cosa pude haber hecho por ellos. He ahí mi culpa, he ahí mi culpa, dejar esto en tus pulcras e inequitativas manos.
Dejaste campear la codicia por el mundo, he hizo bien su trabajo, permeó hasta tus discípulos, tus representantes participaron creando más desigualdad, absolvieron la injusticia, colaboraron activamente en toda clase de asesinatos y holocaustos. ¿Cómo los miras a los ojos cuando te alaban, sin que los borres de tajo de la faz de la tierra?
Actúas con ellos de manera absurda, benevolencia que perjudica tu imagen de Dios justo y compasivo.
Seguí observando mi herida y salieron miles de mis hijas, de todos los tiempos, aquellas que siempre llevo conmigo, las que no clasificaron como seres humanos, aquellas que sabían la magia de quitar un dolor de muela, enamorar a un hombre o hacer dormir a un niño, las que por eso ardieron en hogueras, haciendo inmensa mi llaga; las que fueron tratadas con crueldad hasta someterlas, venderlas, menospreciarlas; esas que van quedando en el olvido donde también escondieron a sus hijos y protegieron a la humanidad para que un día fuera eso, humanidad.
Me incliné para besar las lenguas de las que blasfeman y escupen odio, las lamí para apaciguarlas, pero mis lágrimas se confundieron con mi sangre y no pude estar más tiempo ahí, contemplándome, contemplándolas.
Levanté la mirada de mi bajo vientre y agucé la vista en el desierto. He ahí la magnitud de mi tarea, cada mujer, un grano de arena, y yo sentada llorando por el pasado sin contar todas aquellas que llevo a cuestas.

Olvidaste ya que un día fuimos felices. Es evidente tu furia desde el antiguo testamento y mi acorralamiento fundacional, pero sabes bien que tú y yo no existimos, porque al negarme a mí, tú te esfumas, por no venir de ningún lado. Vine a contar tu pasado, yo que fui testigo de segunda, ahora soy lengua viperina porque la humanidad debe saber que a quien divinizaron ya fue superado en maldad por aquellos que avaló con su nombre.
Un día fuimos felices. Llevo a mis lloronas colgadas de los senos, a los desvalidos sobre la planta de mis manos, para las rebeldes es mi trono, para las lujuriosas mi simpatía, para las infames los buenos augurios.
A ti sólo me resta decirte: “gobernará una Diosa”, y partiré de la compasión a la misericordia en sentido inverso.