sábado, 26 de octubre de 2013

Kristina Hakonsdatter, la princesa vikinga de Castilla

De nombre propio Kristina Hakonsdatter; nace en Bergen en 1234 y muere en Sevilla en 1262.
Era hija de los reyes Haakon IV de Noruega y Margarita Skulesdatter. En otoño de 1257 un enorme drakkar vikingo se hizo a la mar desde el puerto de Tønsberg, cerca de Oslo, hacia España, desembarcando en Normandía (Francia), previa escala en inglaterra y cruzando a España por Cataluña.
A bordo, viajaban altos dignatarios del reino noruego, nobles, damas y un centenar de caballeros, encargados de cuidar un valioso cargamento compuesto por oro, plata, pieles preciosas y otros bienes suntuarios, que constituían el ajuar y la dote de la más encumbrada pasajera de la nave, la princesa Kristina, hija del rey Haakon IV el Viejo.
Debido a las alianzas castellanas y noruegas dentro del Sacro Imperio Romano Germánico, se llevó a cabo el compromiso matrimonial en 1257 de la princesa con el infante Felipe de Castilla, hermano del rey Alfonso X de Castilla, el Sabio, porque dicho matrimonio era conveniente tanto para Alfonso X como para Haakon IV. Primero porque Alfonso X aspiraba a la corona del Sacro Imperio, y de esta forma podía atraerse a su causa al rey noruego Haakon IV.
Segundo porque los reinos nórdicos deseaban abrirse cada vez más al resto de Europa y comerciar con ella, y Haakon había emprendido una activa política diplomática y de lazos culturales con otros países.
Parece ser que Alfonso X había dejado de amar a su esposa Doña Violante por su incapacidad para concebir descendencia. Buscó otra joven y le ofrecieron a Doña Kristina que llegó a Castilla segura de su matrimonio. Pero como los viajes eran bastante lentos en aquel entonces, para cuando la princesa vikinga llegó al reino hispano, quiso el destino que la esposa del rey, Doña Violante quedara embarazada y diera a luz a la infanta Berenguela (después tuvo diez hijos más), y Doña Cristina fue repudiada por su futuro esposo.
Fue entonces su hermano el Infante Don Felipe de Castilla, quien la llevó al altar. El infante había sido abad de la Colegiata de Covarrubias (Burgos) a los 21 años y arzobispo de Sevilla, antes de abandonar la carrera eclesiástica. La boda se ofició en Valladolid el 31 de marzo de 1.258, y se trasladaron a vivir a Sevilla.
La princesa noruega, de bellos “ojos azules como el cielo, cabellos rubios como el sol, y tez como la nieve de los montes escandinavos” murió en 1262 sin dejar descendencia.
Parece según los testimonios escritos que la princesa murió de pena, “porque le faltaban el frío de su país, su gente, su pasado, y le sobraban el calor asfixiante del Guadalquivir, la corte castellana y su incierto futuro”. Sin duda soñó en las agobiantes noches españolas con aquellas tierras verdes, con aquellas rocas y cielos que enmarcaban las aguas grises de los fiordos; con aquellas cumbres glaciares y con el manto de la nieve que emergían los troncos –también blancos- de los abedules.”
Otra tendencia histórica, mas cercana a la leyenda dice que Kristina se enamoró del Rey Alfonso cuando ambos se conocieron a la llegada de su largo viaje. Alfonso también quedó prendado de los encantos de la princesa, y ambos dejaron llevarse por su amor. Pero al estar Alfonso ya casado, ambos cuidaron de guardar sus sentimientos. Kristina se casaría con su hermano Felipe el más atractivo de todos ellos, pero su amor siguió latiendo hasta el final de sus días. Puede que ese dolor influyera también en la muerte de la joven princesa. Aunque otra teoría dice que este amor hace que Kristina sea envenenada por doña Violante de Aragón, mujer de Alfonso, que ya había envenenado a su propia hermana doña Constanza.
En cualquier caso tras su muerte, el hermano de Alfonso X, el infante Felipe de Castilla, hizo enterrar a su esposa en el bello sepulcro gótico de la Colegiata de San Cosme y San Damián de Covarrubias (Burgos), de la que también había sido abad antes de acceder al arzobispado. En el claustro de la colegiata de Covarrubias se depositaron los restos de Kristina.
Cuando Kristina de Noruega murió, su marido, prometió levantar en su honor una capilla (promesa que realmente se hizo por primera vez en su boda en 1257), que estaría situada en Covarrubias (Burgos) en honor a un santo escandinavo llamado San Olav, en un enclave natural privilegiado, pero aquella promesa quedó sin cumplir.
Cerca de la tumba cuelga hoy una campana que según la tradición garantiza matrimonio a las chicas que la hagan sonar; y en el exterior se alza desde 1978 una evocadora estatua de bronce del artista noruego Brit Sorensen. En el año 1958 se comprueba el sepulcro de la princesa por parte de la institución académica burgalesa Fernán González, tras ser abierto en unas obras de mantenimiento en el claustro, y apareció la momia con el pelo amarillo, las uñas rosadas y los dientes aún blancos. Con sus ropas incorruptas, y que simbolizaban por sus bordados su alto linaje, el cuerpo momificado que allí apareció medía 1,70 centímetros, una altura no habitual para las mujeres castellanas del siglo XIII, pero algo normal en las mujeres de Europa del Norte, no había duda de su identidad.
En Noruega hay una delicada estatua de Kristina, de aires románticos; en Covarrubias, en los jardines exteriores, frente a la portada del templo, un monumento, siempre con flores, también la recuerda.
El 18 de Septiembre de 2011 por fin pudo cumplirse el sueño de Kristina de Noruega: la construcción de una iglesia dedicada a San Olav, patrono de Noruega, para recordar la romántica historia de la princesa nórdica cuyos restos reposan en Covarrubias.
A finales del siglo pasado se creó la Fundación Princesa Kristina y pronto empezaron las ideas para su construcción.
El resultado es un edificio multifuncional de madera y metal, abierto a un teatro natural exterior.