martes, 14 de mayo de 2013

Valhalla

Este palacio, llamado Valhalla (morada de los caídos), tiene quinientas cuarenta puertas, lo suficientemente anchas como para permitir el paso de ochocientos guerreros de frente y sobre la entrada principal se encuentra una cabeza de jabalí y un águila, cuya penetrante mirada llega hasta los rincones más lejanos del mundo. Las murallas de esta formidable construcción están construidas con brillantes lanzas, tan pulidas que iluminan todo el lugar. El techo es de escudos dorados y los asientos están decorados con finas armaduras, el regalo del dios Odín a sus invitados. Largas mesas proporcionan amplio espacio para los Einheriar, guerreros caídos en batalla, los cuales son especialmente favorecidos por Odín.
Las antiguas naciones vikingas, que consideran la guerra como el más honorable de los oficios y el valor como la virtud más grande, adoran a Odín fundamentalmente como dios de la batalla y la victoria. Ellos creen que siempre que una batalla es inminente, él envía a sus ayudantes especiales, las doncellas del escudo, la batalla o del deseo, las valkirias, las cuales escogen de entre los guerreros muertos a la mitad de ellos y los transportan en sus veloces corceles a través de Bifrost, el puente del arco iris, hasta el Valhalla. Recibidos por los hijos de Odín, Hermod y Bragi, los héroes son conducidos hasta el pie del trono de Odín, donde reciben los elogios debidos a su valor. Cuando alguno de sus predilectos es traído de esta manera hasta Asgard, Valfather (padre de los caídos), como se llama también a Odín, se levanta de su trono y se dirige hasta la gran puerta de entrada para darle la bienvenida personalmente.
Además de la gloria de tal distinción y el disfrute de la amada presencia de Odín día tras día, más placeres esperan a los guerreros del Valhalla. Se les proporciona espléndidas diversiones en las largas mesas, donde las bellas valkirias, tras haberse despojado de sus armaduras y haberse ataviado con blancas túnicas, les presentan sus respetos con diligente cortesía. Estas nueve doncellas, les llevan a los guerreros grandes cuernos rebosantes de hidromiel, además de enormes cantidades de carne de jabalí, con los cuales banquetean opíparamente. La bebida popular del Norte es la cerveza, pero nuestros antepasados consideraban que esa bebida era demasiado ordinaria para la esfera celestial. Por tanto, imaginan que Valfather mantíene sus mesas con abundantes suministros de hidromiel, el cual es proporcionado diariamente por la cabra Heidrun, la cual pace continuamente las tiernas hojas y ramitas de Lerald, la rama más elevada de Yggdrasil.
La carne con la que se festejan los Einheriar proviene del jabalí divino Sehrimnir, un animal prodigioso, muerto diariamente por el cocinero Andhrimnir y hervido en la gran caldera Eldhrimnir; aunque todos los invitados de Odín poseen gran apetito y comen hasta la saciedad, siempre hay grandes cantidades de carne para todos.
El jabalí siempre revive antes de que llegue la hora de la siguiente comida. Esta renovación milagrosa de los suministros no es el único prodigio que ocurre en el Valhalla. Se cuenta que los guerreros, tras haber comido y bebido hasta la saciedad, cogen sus armas y se dirigen hasta el gran patio, donde luchan entre ellos, reviviendo las hazañas que les han hecho famosos en la Tierra e infringiéndose temerariamente terribles heridas, las cuales, sin embargo, sanan completa y milagrosamente tan pronto como suena el cuerno que anuncia la cena. Ilesos y felices, al sonido del cuerno y sin guardarse rencor mutuo por las crueles estocadas dadas y recibidas, los Einheriar regresan alegres hasta el Valhalla para reanudar su festín en la amada presencia de Odín, mientras las valkirias se deslizan elegantemente para llenar constantemente sus cuernos o sus vasos favoritos que son las calaveras de sus enemigos, mientras los escaldos cantan sobre las guerras o sobre agitadas incursiones vikingas.
Ya que tales placeres son los más elevados que la fantasía del guerrero vikingo puede imaginar, es natural que todos los guerreros adoren a Odín y que en sus años jóvenes se dediquen a su servicio. Ellos juran morir con las armas en la mano, si es posible, e incluso llegan a herirse ellos mismos con sus propias lanzas cuando sienten que la muerte se les acerca, si han sido lo suficientemente desafortunados como para escapar de sus garras en el campo de batalla y se ven amenazados con la posibilidad de una “muerte de paja”, como suelen denominar a la que llega por vejez o enfermedad y les sorprende en el lecho.
En recompensa por tal devoción, Odín cuida con particular esmero de sus favoritos, concediéndoles regalos, como una espada mágica, una lanza o un caballo, los cuales los hacen invencibles hasta su última hora, momento en que Odín aparece para reclamar o destruir el regalo que ha concedido, mientras las valkirias transportan a los héroes hasta el Valhalla.
Cuando Odín participa en la guerra, suele montar en su corcel gris de ocho patas, Sleipnir y portar su escudo blanco. Su lanza, arrojada por encima de las cabezas de los combatientes, es la señal para comenzar la contienda, tras lo cual se precipita en medio de las filas emitiendo su grito de guerra: “¡Odín os tiene a todos!” A veces usa su arco mágico, el cual puede disparar hasta diez flechas a la vez, cada una de las cuales abate a un enemigo invariablemente. También se supone que inspira a sus guerreros favoritos la famosa “Cólera de la Furia”, que les permite, aunque estén desnudos, sin armas y acosados gravemente, realizar grandes hazañas de valor y fuerza y continuar con prósperas vidas.