martes, 12 de febrero de 2013

Canarl y la armada inmortal

“Escuchad bien, mi prole, pues estas son las palabras transmitidas a cada uno de los einherjar. Desde Canarl a sus huskarls y así a todos los einherjar ha llegado esta historia.
Al principio, en la oscuridad del Vacío, Odin y los Aesir nacieron de los gigantes y los viejos dioses. Matando a Ymir y haciendo de Aesirgard su hogar, los Aesir gobernaron sobre los 9 mundos desde el Valhala, la casa de los valientes, en la tierra mas allá del reino mortal. Muchas y variadas eran las criaturas que vivían fuera de Middlegard: los alfar, los duerges, los trolls y los jotuns; de vez en cuando estos seres trataban de oponerse a la voluntad de los Aesir o se enfrentaban con los dioses o sus protegidos, y en raras ocasiones iban al mismo Middlegard, para involucrarse en las obras de los hombres. Algunas criaturas se mostraron afables con los humanos, otras reflejaron un carácter heredado del caos primigenio.
Odin el del Unico Ojo, maestro de las runas y señor de la muerte, descendió a Middlegard con sus Valkirias para buscar guerreros valientes, consciente de que no se mantendría mucho tiempo el frágil equilibro y tarde o temprano renacería la era del hacha y se libraría la inevitable batalla entre los opuestos. Entre los muertos buscó y escogió, tomando a los mas hábiles y valerosos para que residieran en el amplio salón del Valhala, donde disfrutar y pelear eternamente, para convertirse en su guardia personal, hasta que el Ragnarok viniera a reclamar a los dioses e hiciera temblar los cimientos del mundo. Con su lanza y las runas Odin camino por los campos de los muertos, buscando los guerreros que detendrían a los jotuns y forjarían el destino de un nuevo mundo tras el final de Middlegard.
En los campos de una terrible batalla Odin encontró a un guerrero que notó poseído de un aura de gran fuerza y tenacidad. Expulsado de su familia a causa de su furia y locura por la lucha y la sangre, este berserker reunió en torno a el a una leal banda de huskarls que compartieron su fama de gran guerrero y repartieron con el su botín y sus riquezas , del mismo modo que lucharon junto a el en todo momento. Pero heridos en la guerra, abatidos por la malvada brujería de la hechicería del enemigo y mutilados por golpes mortales de un enemigo muy superior en número cayeron uno a uno, sus cuerpos muertos quedaron esparcidos en el campo de batalla, donde la sangre tiñó de un color rojo hierro la tierra. Solo el solitario berserker todavía vivía, su cuerpo proscrito se negaba a escuchar la llamada del cuerno de las valkirias. Se dice que desposeído de herencia y hogar, había hecho de la guerra su única razón de vida, y había firmado un oscuro pacto mágico con una Seidrkona que había derramado sobre el, el poder de un hechizo oscuro.
Por su vitalidad y habilidad, Odin marcó al guerrero; descendiendo sobre el hombre, como un ladrón que busca despojos en el campo de batalla, susurró al espíritu agonizante del hombre, preguntando su nombre para poder llevar al guerrero a Valhala. Pero este, continuaba tambaleante en pie, como un espectro, negándose a caer al suelo, pese a que su sangre manaba a borbotones de su cuerpo malherido.
‘Canarl, me llamo’, dijo entre jadeos el proscrito, pero me conocen todos entre mis enemigos como el Perro Bastardo, pues mi familia me desheredó. He combatido en muchos campos de batalla desde entonces, pero debido a la marca rúnica sobre mi frente estoy condenado a no morir.
Odin observó la cabeza del hombre y vio allí la marca y supo que sus palabras eran ciertas, mientras su espada arrebatase al menos una vida en combate, este guerrero no caería en esa batalla, y tratándose de un gran luchador, los muertos en combate se contaban por docenas a su derredor. Entonces, con la visión de su rúnico ojo Odin leyó los hilos de su destino, y cambió la suerte de Canarl.
Mientras tu valor se enfrente a la muerte, harás frente a los estragos del tiempo. Tu habilidad es portentosa, pero mi mano lo será mas. Tu sangre se derramará sobre los campos tiñéndolos de rojo; yo te daré mi sangre, y a través de ella conocerás mi fuerza. ¡Que cobren fuerza los tendones de tus piernas! ¡Que cobre, fuerza tu mano para agarrar la lanza! ¡Por la marca rúnica nunca serás afectado por el paso del tiempo: por las artes de la guerra tu gobernarás y dirigirás a tus descendientes en mi nombre!.
A medida que Odin pronunciaba estas palabras acercó su lanza a la cara de Canarl, y por la punta de Gungnir discurrió la brillante sangre roja del dios. Tres gotas cayeron sobre los labios de Canarl, y fue golpeado con el arma de batalla en el pecho: Su cuerpo se retorció y sus pulmones se ahogaron, y murió aun en vida. Pero tras esto, se levantó riendo como un poseso y clamando a grandes gritos el nombre de Odin.
Con los poderosos pronunciamientos del destino y el poder de sangre derramados sobre este guerrero, Odin dio a Canarl la eternidad, pero el destino demandaba una compensación. El ojo de Odin se asomo de nuevo a los caminos del futuro y en torno a las demandas de las normas. ‘Con este pacto secreto que has realizado deberás esconderte, y no ser descubierto, deberás huir de la luz de sol y del fuego. Ninguna carne contendrá el poder de mantenerte con vida, ninguna carne podrá intoxicarte; solo la sangre de los enemigos dará color a tu pecho. Con la sangre de la vida de los fuertes se verá tu poder multiplicado. Has derramado sangre, y mas sangre habrás de derramar, y solo acercándote a la fuerza de la sangre del vencido tú y tu linaje conocereís la grandeza’.
De este modo, comprendió Odin que no podía dejar libre a aquel guerrero inmortal entre los humanos, pues invariablemente su sed de sangre seria insaciable, de este modo, le ligó a su servicio, combatiendo a enemigos cada vez mas fuertes y brutales, como puedan ser los jotum, demonios del inframundo y las hordas del oscuro caos.
Al final, Odin habló por ultima vez, en esta ocasión pausadamente y de forma deliberada, diciendo, ‘Pero si un día te cansas de matar y eludes los caminos de la guerra, y si un día aceptas el mando de los Vanir y te acoges a su protección, entonces estarás al lado de ellos en las noches finales y a ellos te deberás; abandonarás la lanza y el hacha y no conocerás la paz para tus hermanos, pues con tu destino, has comprometido el suyo y aunque tu encuentres la paz del Vanaheim , ellos seguirán en pie luchando y derramando la sangre de mis enemigos hasta el fin de los días , cuando se cumpla el destino inexorable de los Dioses. Con las palabras de los Vanir sobrevivirás de forma tranquila mientras los guerreros alcanzan la gloria y la muerte en el Ragnarok. Tras la postrera batalla, y si finalmente y pese a todo, no te ves forzado a abrazar el hacha y la lanza, ellos serán los que forjen tu destino con la nueva luz".
Odin se alejó de Canarl, recogiendo su lanza y llamando a sus cuervos. Canarl se levanto del suelo, y vio a muchos de sus hermanos caídos a su izquierda, acercó sus heridas sobre la boca de Ivar, el cual se levantó; y a su derecha acercó sus heridas sobre la boca de su mujer, la cual se levantó; delante de él colocó sus heridas sobre la boca de Eyjolf, su skald, el cual se levantó. Y se encomendaron a los sacramentos de la muerte, y construyeron allí una ciudad en honor a Odin . Desde entonces, se dice que parte de la sangre sagrada de Odin corre por las venas de estos guerreros, y que todos llevan en su pecho tatuado el nudo sagrado de Odin, y que alegres esperan caer en batalla, porque saben que Odin espera para darles nueva vida entre los suyos.
Nadie sabe si Canarl y los suyos se han cansado ya de combatir, ni cuantas generaciones han visto el amanecer desde el pacto, pero desde entonces, se teme a los que buscan el lazo sagrado con Odin, a los que esperan algún dia formar parte de la Armada de los Inmortales.