sábado, 10 de agosto de 2013

Instrumentos de tortura VIII

Las jaulas colgantes, Italia S. XVII, XVIII.
Hasta el fin del siglo XVIII, en los paisajes urbanos y suburbanos de Europa abundaban las jaulas de hierro y de madera adosadas al exterior de los edificios municipales, palacios ducales, palacios de justicia, a las catedrales y a las murallas de las ciudades, también colgando extramuros de altos postes cerca de los cruces de caminos; frecuentemente había varias jaulas en hilera. Gran cantidad de ejemplos subsisten hoy en día (por ejemplo en el palacio ducal de Mantua, en el ábside de la catedral de Münster en Alemania).
Las víctimas, desnudas o casi desnudas, eran encerradas dentro y colgadas. Sucumbían de hambre y sed, por el mal tiempo y el frío en invierno, por el calor y las quemaduras solares en verano; a menudo habían sido torturadas y mutiladas para mayor escarmiento. Los cadáveres en putrefacción generalmente se dejaban in situ hasta el desprendimiento de los huesos.
Jaulas y cadenas para ahorcar.
Se encerraba a la víctima, viva, dentro de la jaula y se la dejaba morir de hambre y sed, a la intemperie tanto en verano como en invierno y, a menudo, la muchedumbre enfurecida era quien la mataba.
Las cadenas tenían una finalidad diferente. La víctima, ahorcada con la soga a la manera tradicional (también víctimas ajusticiadas de otra forma), ya cadáver, era cubierta completamente con una envoltura de resina caliente aplicada en estado fluido.
Bien endurecida, esta envoltura constituía un eficaz retardador de la putrefacción: el cuerpo se mantenía relativamente intacto incluso durante meses, según las condiciones atmosféricas. Para prevenir el desprendimiento de los miembros, el cadáver era envuelto con cadenas o con correas de tela o de cuero, y así engalanado se colgaba en la plaza como amonestación pública.
El látigo para desollar.
Estos cordeles, en apariencia inofensivos, tenían una finalidad bien precisa: desollar. Eran empapados en una solución de sal y azufre disueltos en agua de manera que, debido a las características de la fibra de cáñamo y a los efectos de la sal y el azufre - por no hablar de las más de cien "estrellas" de hierro, afiladísimas, una al final de cada cuerda -la carne lentamente se reduce a pulpa hasta que sobresalen los pulmones, los riñones, el hígado y los intestinos. Durante este procedimiento la zona afectada se va remojando con la misma solución pero calentada hasta su ebullición.
La familia de los látigos es vasta. Sus miembros varían de tamaño desde gigantes como "el gato de nueve colas" y el Knut de los boyardos rusos, que podía lisiar un brazo y un hombro de un sólo golpe, hasta los más finos e insidiosos como el famoso nervio de toro, que con dos o tres golpes podía cortar la carne de las nalgas hasta llegar a la pelvis, y finalmente al de hilo trenzado.
Látigos de cadenas, Europa en general (1650 a 1900)
No se necesitan comentarios para estos artilugios, que parecen más armas de guerra que instrumentos de tortura; sin embargo, látigos más o menos similares pero en gran variedad - con 2, 3 y hasta 8 cadenas, provistas de muchas "estrellas", o bien hojas de acero cortantes - se usaban, y en cierta medida aún se usan, para flagelar el cuerpo humano.
La lengua de cabra.
El condenado era aprisionado por las piernas a un cepo, a continuación le bañaban la planta de los pies con agua salada y seguidamente ataban al cepo una cabra que habían tenido sin comer ni beber durante varios días. La cabra lamía la planta de los pies y, a veces sucedía, que la carne era consumida y el hueso podía llegar a asomar por el talón.
Máscaras infamantes, en la Europa germánica (1600 a 1800).
Estos artilugios, que existían en gran profusión de formas fantasiosas y, a veces, francamente artísticas, desde 1500 hasta 1800, se imponían a quienes habían manifestado imprudentemente su descontento hacia el orden, contra las convenciones vigentes, contra la prepotencia del poder machista o, de cualquier forma, contra el estado de las cosas en general. A través de los siglos millones de mujeres, consideradas "conflictivas" por su cansancio de la esclavitud doméstica y los continuos embarazos, fueron así humilladas y atormentadas de esta manera; así el poder político exponía el escarnio público a los desobedientes y a los inconformistas; y así el poder eclesiástico castigaba una larga lista de infracciones menores.
La inmensa mayoría de las víctimas eran mujeres y el principio que se aplicaba era siempre el de mulier taceat in ecclesia, "la mujer calle en la iglesia": significa aquí las jerarquías gobernantes, tanto eclesiásticas como seculares, ambas constitucionalmente misóginas; el sentido era por tanto "la mujer calla en presencia del macho". Muchas máscaras incorporaban piezas bucales de hierro , algunas de éstas mutilaban permanentemente la lengua con púas afiladas y hojas cortantes.
Las víctimas encerradas en las máscaras y expuestas en la plaza pública, eran también maltratadas por la multitud. Golpes dolorosos, ser untados con orina y excrementos, y heridas graves, a veces mortales, eran su suerte.
La mordaza o babero de hierro. (1600).
Este artilugio sofocaba los gritos de los condenados, para que no interrumpieran la conversación de los verdugos. La “caja" de hierro del interior del aro es embutida en la boca de la víctima y el collar asegurado en la nuca. Un agujero permite el paso del aire, pero el verdugo lo puede tapar con la punta del dedo y provocar asfixia. A los condenados a la hoguera eran amordazados de esta manera, sobre todo durante los "autos de fe" - tal como se llamaban esos grandes espectáculos públicos en lo que decenas de herejes eran quemados a la vez - porque los gritos hubieran interferido con la música sacra. Giordano Bruno, culpable de ser una de las inteligencias más luminosas de su tiempo, fue quemado en la plaza del Campo dei Fiori en Roma en 1600 con una mordaza de hierro provista de dos largas púas, una de las cuales perforaba la lengua y salía por debajo de la barbilla, mientras la otra perforaba el paladar.
La mutilación.
La amputación y pérdida de cualquier miembro del cuerpo humano son castigos antiquísimos, practicados por todas las sociedades en cualquier tiempo y lugar. Nariz, orejas, labios y dedos eran cortados, aplastados o abrasados en un primer nivel de severidad, para después pasar a manos, pies, senos y labios, y, en tercer lugar, se aplicaba a testículos, penes, brazos, piernas y ojos. También el corte de la carne en lonchas, como un jamón, la amputación de los párpados y el corte de algún tendón eran usos comunes en todo el mundo hasta finales del siglo XVIII. La guadaña de hierro era utilizada para la amputación de pies y manos. El cepo con un agujero en la parte posterior servía para triturar los dedos de la víctima mediante unas cuñas de hierro y madera golpeadas por un mazo hasta dejarlos completamente triturados.