miércoles, 27 de abril de 2011

La leyenda del garajonay

El Garajonay es un parque nacional de la isla de La Gomera y el pico más alto. Ambos deben su nombre a la historia de amor que vivieron un príncipe tinerfeño Jonay, y una princesa gomera Gara.
Se dice que en los profundos barrancos es posible escuchar aún el eco del último de los suspiros de los dos enamorados que antaño sellaron su unión en la infranqueable frontera de la vida y de la muerte.
Cuenta una antigua leyenda que en las fiestas de Beñesmén se trasladaban a la Gomera desde Tenerife los menceyes y nobles principales para tomar parte en las celebraciones de la recolección.
Las jóvenes gomeras acudían donde los chorros de epina para mirar su rostro en el agua, y con ellas estaba la bella princesa Gara.
Pero el viejo brujo Gerián vio lo que no pudo ver ninguna otra mirada. “La sombra del fuego quema el agua. La muerte acecha”.
De epina manaban siete chorros mágicos que nacían en siete puntos distintos sin que nadie supiera su origen secreto. Cada chorro ofrecía una virtud al que de ellos bebiese. Durante las fiestas de Beñesmén era costumbre que las jóvenes gomeras juntasen agua de cada uno de los siete chorros en un pequeño estanque fabricado con musgo y yedras.
Antes de que saliera el sol miraban su rostro en el agua y si la imagen reflejada era calma y clara, esto quería decir que ese año no encontrarían pareja, pero si el reflejo era turbio, alguna desgracia acechaba.
Gara se miró en el estanquillo y, aunque al principio su imagen fue clara, pronto se cubrió de sombras y comenzó a agitarse hasta que su reflejo se convirtió en un sol incendiario que dejó el agua sucia y revuelta.
El brujo Gerián lo predijo “Lo que ha de suceder ocurrirá. Huye del fuego Gara, o el fuego habrá de consumirte” y el augurio corrió de boca en boca.
Llegaron los menceyes y nobles de Tenerife a las playas de la Gomera para compartir las fiestas del Beñesmén. Con el Mencey de Ajede venía su hijo Jonay, el cual se destacó rápidamente en cada competición en la que tomaba parte. Gara lo contemplaba y ocurrió lo inevitable al enlazarse sus miradas.
Los jóvenes enamorados se lo hicieron saber a sus padres y en las mimas fiestas de Beñesmén se hizo público su compromiso.
Pero su júbilo duro poco, pues apenas se propagó la noticia el mar se pobló de destellos y se dejaron oír los estampidos del echeyde, el gran volcán de Tenerife, que arrojaba lava y fuego con tanta furia que desde La Gomera se podían ver las lenguas de fuego y entonces recordaron el augurio del viejo Gerian: Gara y Jonay, agua y fuego.
Gara era la princesa de Angulo, el lugar del agua, y Jonay venia de la tierra del fuego. Su amor era imposible y las llamaradas que brotaban de la boca de echeyde lo confirmaban. Si no se separaban grandes males podían suceder. Ante esta amenaza su unión quedó maldita y sus padres les prohibieron volver a verse. Con esta decisión se calmó la furia del volcán y pudieron concluirse las fiestas.
Los menceyes y nobles regresaron a Tenerife, pero Jonay no podía olvidar a Gara, tenia que estar con ella pese a la maldición que se cernía sobre ellos. Y a mitad de camino se ató a su cintura dos vejigas de animal infladas y se lanzó al mar dispuesto a volver junto a su amada.
Exhausto pero guiado por su amor llegó a las costas de la Gomera y fue al encuentro de Gara con la que se fundió en un abrazo apasionado. Ambos huyeron entre los montes de laurisilva y fueron a refugiarse en el cedro, pero duró poco su felicidad, ya que al enterarse el padre de Gara de su huida con Jonay salieron prontamente a su encuentro.
Viéndose acosados y antes de volver a separarse, Gara la princesa del lugar del agua y Jonay, príncipe de la tierra del fuego, buscaron la muerte.
Jonay afiló los extremos de una fuerte vara de cedro y lo colocó entre su pecho y el de su amada Gara, con las puntas hirientes apoyadas en sus corazones. Y, mirándose a los ojos, se abrazaron en un último abrazo, mientras sintieron como la barra de cedro los traspasaba.
Entonces agua y fuego fueron uno, y sus cuerpos fueron uno para siempre.
Todavía hoy se escuchan los ecos de sus corazones entre los redondos perfiles de aquella montaña de piedra del alto del Garajonay, el eterno lugar de ambos.