jueves, 14 de mayo de 2015

Maese Pérez el organista (Gustavo Adolfo Becquer)

En Sevilla, en el mismo atrio de Santa Inés, y mientras esperaba que comenzase la Misa del Gallo, oí esta tradición a una demandadera del convento.
Como era natural, después de oírla, aguardé impaciente que comenzara la ceremonia, ansioso de asistir a un prodigio.
Nada menos prodigioso, sin embargo, que el órgano de Santa Inés, ni nada más vulgar que los insulsos motetes que nos regaló su organista aquella noche.
Al salir de la Misa, no pude por menos de decirle a la demandadera con aire de burla:
-¿En qué consiste que el órgano de maese Pérez suena ahora tan mal?
-¡Toma! -me contestó la vieja-, en que ese no es el suyo.
-¿No es el suyo? ¿Pues qué ha sido de él?
-Se cayó a pedazos de puro viejo, hace una porción de años.
-¿Y el alma del organista?
-No ha vuelto a parecer desde que colocaron el que ahora les sustituye.
Si a alguno de mis lectores se les ocurriese hacerme la misma pregunta, después de leer esta historia, ya sabe el por qué no se ha continuado el milagroso portento hasta nuestros días.
-¿Veis ese de la capa roja y la pluma blanca en el fieltro, que parece que trae sobre su justillo todo el oro de los galeones de Indias; aquél que baja en este momento de su litera para dar la mano a esa otra señora que, después de dejar la suya, se adelanta hacia aquí, precedida de cuatro pajes con hachas? Pues ese es el Marqués de Moscoso, galán de la condesa viuda de Villapineda. Se dice que antes de poner sus ojos sobre esta dama, había pedido en matrimonio a la hija de un opulento señor; mas el padre de la doncella, de quien se murmura que es un poco avaro... Pero, ¡calle!, en hablando del ruin de Roma, cátale aquí que asoma. ¿Veis aquél que viene por debajo del arco de San Felipe, a pie, embozado en una capa oscura, y precedido de un solo criado con una linterna? Ahora llega frente al retablo.
¿Reparasteis, al desembozarse para saludar a la imagen, la encomienda que brilla en su pecho?
A no ser por ese noble distintivo, cualquiera le creería un lonjista de la calle de Culebras... Pues ese es el padre en cuestión; mirad cómo la gente del pueblo le abre paso y le saluda.
Toda Sevilla le conoce por su colosal fortuna. El sólo tiene más ducados de oro en sus arcas que soldados mantiene nuestro señor el rey Don Felipe; y con sus galeones podría formar una escuadra suficiente a resistir a la del Gran Turco...
Mirad, mirad ese grupo de señores graves: esos son los caballeros veinticuatros. ¡Hola, hola! También está el flamencote, a quien se dice que no han echado ya el guante los señores de la cruz verde, merced a su influjo con los magnates de Madrid... Éste, no viene a la iglesia más que a oír música... No, pues si maese Pérez no le arranca con su órgano lágrimas como puños, bien se puede asegurar que no tiene su alma en su almario, sino friéndose en las calderas de Pero Botero...
¡Ay vecina! Malo... malo... presumo que vamos a tener jarana; yo me refugio en la iglesia; pues por lo que veo, aquí van a andar más de sobra los cintarazos que los Paternóster. -Mirad, Mirad; las gentes del duque de Alcalá doblan. la esquina de la Plaza de San Pedro, y por el callejón de las Dueñas se me figura que he columbrado a las del de Medinasidonia. ¿No os lo dije?
Ya se han visto, ya se detienen unos y otros, sin pasar de sus puestos... los grupos se disuelven... los ministriles, a quienes en- estas ocasiones apalean amigos y enemigos, se retiran... hasta el señor asistente, con su vara y todo, se refugia en el atrio... y luego dicen que hay justicia.
Para los pobres...
Vamos, vamos, ya brillan los broqueles en la oscuridad... ¡Nuestro Señor del Gran Poder nos asista! Ya comienzan los golpes...; ¡vecina! ¡vecina!, aquí... antes que cierren las puertas. Pero ¡calle! ¿Qué es eso? Aún no han comenzado cuando lo dejan. ¿Qué resplandor es aquél?... ¡Hachas encendidas! ¡Literas! Es el señor obispo.
La Virgen Santísima del Amparo, a quien invocaba ahora mismo con el pensamiento, lo trae en mi ayuda... ¡Ay! ¡Si nadie sabe lo que yo debo a esta Señora!... ¡Con cuánta usura me paga las candelillas que le enciendo los sábados!... Vedlo, qué hermosote está con sus hábitos morados y su birrete rojo...
Dios le conserve en su silla tantos siglos como yo deseo de vida para mí. Si no fuera por él, media Sevilla hubiera ya ardido con estas disensiones de los duques. Vedlos, vedlos, los hipocritones, cómo se acercan ambos a la litera del prelado para besarle el anillo... Cómo le siguen y le acompañan, confundiéndose con sus familiares. Quién diría que esos dos que parecen tan amigos, si dentro de media hora se encuentran en una calle oscura... es decir, ¡ellos... ellos!... Líbreme Dios de creerlos cobardes; buena muestra han dado de sí, peleando en algunas ocasiones contra los enemigos de Nuestro Señor... Pero es la verdad, que si se buscaran... y si se buscaran con ganas de encontrarse, se encontrarían, poniendo fin de una vez a estas continuas reyertas, en las cuales los que verdaderamente baten el cobre de firme son sus deudos, sus allegados y su servidumbre.
Pero vamos, vecina, vamos a la iglesia, antes que se ponga de bote en bote... que algunas noches como ésta suele llenarse de modo que no cabe ni un grano de trigo... Buena ganga tienen las monjas con su organista... ¿Cuándo se ha visto el convento tan favorecido como ahora?... De las otras comunidades, puedo decir que le han hecho a Maese Pérez proposiciones magníficas; verdad que nada tiene de extraño, pues hasta el señor arzobispo le ha ofrecido montes de oro por llevarle a la catedral... Pero él, nada...
Primero dejaría la vida que abandonar su órgano favorito... ¿No conocéis a maese Pérez? Verdad es que sois nueva en el barrio... Pues es un santo varón; pobre, sí, pero limosnero cual no otro... Sin más parientes que su hija ni más amigo que su órgano, pasa su vida entera en velar por la inocencia de la una:
y componer los registros del otro... ¡Cuidado que el órgano es viejo!... Pues nada, él se da tal maña en arreglarlo y cuidarlo, que suena que es una maravilla... Como le conoce de tal modo, que a tientas...
porque no sé si os lo he dicho, pero el pobre señor es ciego de nacimiento... Y ¡con qué paciencia lleva su desgracia!... Cuando le preguntan que cuánto daría por ver, responde: Mucho, pero no tanto como creéis, porque tengo esperanzas. -¿Esperanzas de ver? -Sí, y muy pronto -añade sonriéndose como un ángel-; ya cuento setenta y seis años; por muy larga que sea mi vida, pronto veré a Dios...
¡Pobrecito! Y sí lo verá... porque es humilde como las piedras de la calle, que se dejan pisar de todo el mundo... Siempre dice que no es más que un pobre organista de convento, y puede dar lecciones de solfa al mismo maestro de capilla de la Primada; como que echó los dientes en el oficio... Su padre tenía la misma profesión que él; yo no le conocí, pero mi señora madre, que santa gloria haya, dice que le llevaba siempre al órgano consigo para darle a los fuelles. Luego, el muchacho mostró tales disposiciones que, como era natural, a la muerte de su padre heredó el cargo... ¡Y qué manos tiene! Dios se las bendiga. Merecía que se las llevaran a la calle de Chicarreros y se las engarzasen en oro... Siempre toca bien, siempre, pero en semejante noche como ésta es un prodigio... Él tiene una gran devoción por esta ceremonia de la Misa del Gallo, y cuando levantan la Sagrada Forma al punto y hora de las doce, que es cuando vino al mundo Nuestro Señor Jesucristo... las voces de su órgano son voces de ángeles...
En fin, ¿para qué tengo de ponderarle lo que esta noche oirá? Baste el ver cómo todo lo demás florido de Sevilla, hasta el mismo señor arzobispo, vienen a un humilde convento para escucharle: y no se crea que sólo la gente sabida y a la que se le alcanza esto de la solfa conocen su mérito, sino que hasta el populacho. Todas esas bandadas que veis llegar con teas encendidas entonando villancicos con gritos desaforados al compás de los panderos, las sonajas y las zambombas, contra su costumbre, que es la de alborotar las iglesias, callan como muertos cuando pone maese Pérez las manos en el órgano... y cuando alzan... cuando alzan no se siente una mosca... de todos los ojos caen lagrimones tamaños, y al concluir se oye como un suspiro inmenso, que no es otra cosa que la respiración de los circunstantes, contenida mientras dura la música... Pero vamos, vamos, ya han dejado de tocar las campanas, y va a comenzar la Misa, vamos adentro...
Para todo el mundo es esta noche Noche-Buena, pero para nadie mejor que para nosotros.
Esto diciendo, la buena mujer que había servido de cicerone a su vecina, atravesó el atrio del convento de Santa Inés, y codazo en éste, empujón en aquél, se internó en el templo, perdiéndose entre la muchedumbre que se agolpaba en la puerta.
La iglesia estaba iluminada con una profusión asombrosa. El torrente de luz que se desprendía de los altares para llenar sus ámbitos, chispeaba en los ricos joyeles de las damas que, arrodillándose sobre los cojines de terciopelo que tendían los pajes y tomando el libro de oraciones de manos de las dueñas, vinieron a formar un brillante círculo alrededor de la verja del presbiterio. Junto a aquella verja, de pie, envueltos en sus capas de color galoneadas de oro, dejando entrever con estudiado descuido las encomiendas rojas y verdes, en la una mano el fieltro, cuyas plumas besaban los tapices, la otra sobre los bruñidos gavilanes del estoque o acariciando el pomo del cincelado puñal, los caballeros veinticuatros, con gran parte de lo mejor de la nobleza sevillana, parecían formar un muro, destinado a defender a sus hijas y a sus esposas del contacto de la plebe. Ésta, que se agitaba en el fondo de las naves, con un rumor parecido al del mar cuando se alborota, prorrumpió en una aclamación de júbilo, acompañada del discordante sonido de las sonajas y los panderos, al mirar aparecer al arzobispo, el cual, después de sentarse junto al altar mayor bajo un solio de grana que rodearon sus familiares, echó por tres veces la bendición al pueblo.
Era la hora de que comenzase la Misa.
Transcurrieron, sin embargo, algunos minutos sin que el celebrante apareciese. La multitud comenzaba a rebullirse, demostrando su impaciencia; los caballeros cambiaban entre sí algunas palabras a media voz, y el arzobispo mandó a la sacristía a uno de sus familiares a inquirir el por qué no comenzaba la ceremonia.
-Maese Pérez se ha puesto malo, muy malo, y será imposible que asista esta noche a la Misa de media noche.
Ésta fue la respuesta del familiar.
La noticia cundió instantáneamente entre la muchedumbre. Pintar el efecto desagradable que causó en todo el mundo, sería cosa imposible; baste decir que comenzó a notarse tal bullicio en el templo, que el asistente se puso de pie y los alguaciles entraron a imponer silencio, confundiéndose entre las apiñadas olas de la multitud.
En aquel momento, un hombre mal trazado, seco huesudo y bisojo por añadidura, se adelantó hasta el sitio que ocupaba el prelado.
-Maese Pérez está enfermo -dijo-; la ceremonia no puede empezar. Si queréis, yo tocaré el órgano en su ausencia; que ni maese Pérez, es el primer organista del mundo, ni a su muerte dejará de usarse este instrumento por falta de inteligente.
El arzobispo hizo una señal de asentimiento con la cabeza, y ya algunos de los fieles que conocían a aquel personaje extraño por un organista envidioso, enemigo del de Santa Inés, comenzaban a prorrumpir en exclamaciones de disgusto, cuando de improviso se oyó en el atrio un ruido espantoso.
-¡Maese Pérez está aquí!... ¡Maese Pérez está aquí!...
A estas voces de los que estaban apiñados en la puerta, todo el mundo volvió la cara.
Maese Pérez, pálido y desencajado, entraba en efecto en la iglesia, conducido en un sillón, que todos se disputaban el honor de llevar en sus hombros.
Los preceptos de los doctores, las lágrimas de su hija, nada había sido bastante a detenerle en el lecho.
-No -había dicho-; ésta es la última, lo conozco, lo conozco, y no quiero morir sin visitar mi órgano, y esta noche sobre todo, la Noche-Buena. Vamos, lo quiero, lo mando; vamos a la iglesia.
Sus deseos se habían cumplido; los concurrentes le subieron en brazos a la tribuna, y comenzó la Misa.
En aquel punto sonaban las doce en el reloj de la catedral.
Pasó el introito y el Evangelio y el ofertorio, y llegó el instante solemne en que el sacerdote, después de haberla consagrado, toma con la extremidad de sus dedos la Sagrada Forma y comienza a elevarla.
Una nube de incienso que se desenvolvía en ondas azuladas llenó el ámbito de la iglesia; las campanillas repicaron con un sonido vibrante, y maese Pérez puso sus crispadas manos sobre las teclas del órgano.
Las cien voces de sus tubos de metal resonaron en un acorde majestuoso y prolongado, que se perdió poco a poco, como si una ráfaga de aire hubiese arrebatado sus últimos ecos.
A este primer acorde, que parecía una voz que se elevaba desde la tierra al cielo, respondió otro lejano y suave que fue creciendo, creciendo, hasta convertirse en un torrente de atronadora armonía.
Era la voz de los ángeles que atravesando los espacios, llegaba al mundo.
Después comenzaron a oírse como unos himnos distantes que entonaban las jerarquías de serafines; mil himnos a la vez, que al confundirse formaban uno solo, que, no obstante, era no más el acompañamiento de una extraña melodía, que parecía flotar sobre aquel océano de misteriosos ecos, como un jirón de niebla sobre las olas del mar.
Luego fueron perdiéndose unos cantos, después otros; la combinación se simplificaba. Ya no eran más que dos voces, cuyos ecos se confundían entre sí; luego quedó una aislada, sosteniendo una nota brillante como un hilo de luz... El sacerdote inclinó la frente, y por encima de su cabeza cana y como a través de una gasa azul que fingía el humo del incienso, apareció la Hostia a los ojos de los fieles. En aquel instante la nota que maese Pérez sostenía trinando, se abrió, se abrió, y una explosión de armonía gigante estremeció la iglesia, en cuyos ángulos zumbaba el aire comprimido, y cuyos vidrios de colores se estremecían en sus angostos ajimeces.
De cada una de las notas que formaban aquel magnífico acorde, se desarrolló un tema; y unos cerca, otros lejos, éstos brillantes, aquéllos sordos, diríase que las aguas y los pájaros, las brisas y las frondas, los hombres y los ángeles, la tierra y los cielos, cantaban cada cual en su idioma un himno al nacimiento del Salvador.
La multitud escuchaba atónica y suspendida. En todos los ojos había una lágrima, en todos los espíritus un profundo recogimiento.
El sacerdote que oficiaba sentía temblar sus manos, porque Aquél que levantaba en ellas, Aquél a quien saludaban hombres y arcángeles era su Dios, era su Dios, y le parecía haber visto abrirse los cielos y transfigurarse la Hostia.
El órgano proseguía sonando; pero sus voces se apagaban gradualmente, como una voz que se pierde de eco en eco y se aleja y se debilita al alejarse, cuando de pronto sonó un grito en la tribuna, un grito desgarrador, agudo, un grito de mujer.
El órgano exhaló un sonido discorde y extraño, semejante a un sollozo, y quedó mudo.
La multitud se agolpó a la escalera de la tribuna, hacia la que, arrancados de su éxtasis religioso, volvieron la mirada con ansiedad todos los fieles.
-¿Qué ha sucedido? ¿Qué pasa? -se decían unos a otros, y nadie sabía responder, y todos se empeñaban en adivinarlo, y crecía la confusión, y el alboroto comenzaba a subir de punto, amenazando turbar el orden y el recogimiento propios de la iglesia.
-¿Qué ha sido eso? -preguntaban las damas al asistente, que precedido de los ministriles, fue uno de los primeros a subir a la tribuna, y que, pálido y con muestras de profundo pesar, se dirigía al puesto en donde le esperaba el arzobispo, ansioso, como todos, por saber la causa de aquel desorden.
-¿Qué hay?
-Que maese Pérez acaba de morir.
En efecto, cuando los primeros fieles, después de atropellarse por la escalera, llegaron a la tribuna, vieron al pobre organista caído de boca sobre las teclas de su viejo instrumento, que aún vibraba sordamente, mientras su hija, arrodillada a sus pies, le llamaba en vano entre suspiros y sollozos.
-Buenas noches, mi señora doña Baltasara, ¿también usarced viene esta noche a la Misa del Gallo? Por mi parte tenía hecha intención de irla a oír a la parroquia; pero lo que sucede... ¿Dónde va Vicente? Donde va la gente. Y eso que, si he de decir la verdad, desde que murió maese Pérez parece que me echan una losa sobre el corazón cuando entro en Santa Inés... ¡Pobrecito! ¡Era un Santo!... Yo de mí sé decir que conservo un pedazo de su jubón como una reliquia, y lo merece..., pues, en Dios y en mi ánima, que si el señor arzobispo tomara mano en ello, es seguro que nuestros nietos le verían en los altares... Mas ¡cómo ha de ser!... A muertos y a idos, no hay amigos... Ahora lo que priva es la novedad... ya me entiende usarced. ¡Qué! ¿No sabe nada de lo que pasa? Verdad que nosotras nos parecemos en eso: de nuestra casita a la iglesia, y de la iglesia a nuestra casita, sin cuidarnos de lo que se dice o déjase de decir...; sólo que yo, así... al vuelo... una palabra de acá, otra de acullá... sin ganas de enterarme siquiera, suelo estar al corriente de algunas novedades.... Pues, sí, señor; parece cosa hecha que el organista de San Román, aquel bisojo, que siempre está echando pestes de los otros organistas; perdulariote, que más parece jifero de la puerta de la Carne que maestro de solfa, va a tocar esta Noche-Buena en lugar de Maese Pérez. Ya sabrá usted, porque esto lo ha sabido todo el mundo y es cosa pública en Sevilla, que nadie quería comprometerse a hacerlo. Ni aun su hija, que es profesora, y después de la muerte de su padre entró en el convento de novicia. Y era natural: acostumbrados a oír aquellas maravillas, cualquiera otra cosa había de parecernos mala, por más que quisieran evitarse las comparaciones. Pues cuando ya la comunidad había decidido que, en honor del difunto y como muestra de respeto a su memoria, permanecería callado el órgano en esta noche, hete aquí que se presenta nuestro hombre, diciendo que él se atreve a tocarlo... No hay nada más atrevido que la ignorancia... Cierto que la culpa no es suya, sino de los que le consienten esta profanación...; pero así va el mundo... y digo... no es cosa la gente que acude... cualquiera diría que nada ha cambiado desde un año a otro. Los mismos personajes, el mismo lujo, los mismos empellones en la puerta, la misma animación en el atrio, la misma multitud en el templo... ¡Ay si levantara la cabeza el muerto! Se volvía a morir por no oír su órgano tocado por manos semejantes. Lo que tiene que, si es verdad lo que me han dicho las gentes del barrio, le preparan una buena al intruso. Cuando llegue el momento de poner la mano sobre las teclas, va a comenzar una algarabía de sonajas, panderos y zambombas que no hay más que oír... Pero, ¡calle!, ya entra en la iglesia el héroe de la función. ¡Jesús, qué ropilla de colorines, qué gorguera de cañutos, qué aire de personaje! Vamos, vamos, que ya hace rato que llegó el arzobispo, y va a comenzar la Misa...; vamos, que me parece que esta noche va a darnos que contar para muchos días.
Esto diciendo la buena mujer, que ya conocen nuestros lectores por sus ex abruptos de locuacidad, penetró en Santa Inés, abriéndose, según costumbre un camino entre la multitud a fuerza de empellones y codazos.
Ya se había dado principio a la ceremonia.
El templo estaba tan brillante como el año anterior.
El nuevo organista, después de atravesar por en medio de los fieles que ocupaban las naves para ir a besar el anillo del prelado, había subido a la tribuna, donde tocaba unos tras otros los registros del órgano, con una gravedad tan afectada como ridícula.
Entre la gente menuda que se apiñaba a los pies de la iglesia se oía un rumor sordo y confuso, cierto presagio de que la tempestad comenzaba a fraguarse y no tardaría mucho en dejarse sentir.
-Es un truhán, que por no hacer nada bien, ni aun mira a derechas -decían los unos.
-Es un ignorantón que, después de haber puesto el órgano de su parroquia peor que una carraca, viene a profanar el de maese Pérez -decían los otros.
Y mientras éste se desembarazaba del capote para prepararse a darle de firme a su pandero, y aquél apercibía sus sonajas, y todos se disponían a hacer bulla a más y mejor, sólo alguno que otro se aventuraba a defender tibiamente al extraño personaje, cuyo porte orgulloso y pendantesco hacía tan notable contraposición con la modesta apariencia y la afable bondad del difunto maese Pérez.
Al fin llegó el esperado momento, el momento solemne en que el sacerdote, después de inclinarse y murmurar algunas palabras santas, tomó la Hostia en sus manos... Las campanillas repicaron, semejando su repique una lluvia de notas de cristal; se elevaron las diáfanas ondas de incienso, y sonó el órgano.
Una estruendoso algarabía llegó los ámbitos de la iglesia en aquel instante y ahogó su primer acorde.
Zampoñas, gaitas, sonajas, panderos, todos los instrumentos del populacho, alzaron sus discordantes voces a la vez; pero la confusión y el estrépito sólo duró algunos segundos. Todos a la vez, como habían comenzado, enmudecieron de pronto.
El segundo acorde, amplio, valiente, magnífico, se sostenía aún brotando de los tubos de metal del órgano, como una cascada de armonía inagotable y sonora.
Cantos celestes como los que acarician los oídos en los momentos de éxtasis; cantos que percibe el espíritu y no los puede repetir el labio; notas sueltas de una melodía lejana, que suenan a intervalos traídas en las ráfagas del viento; rumor de hojas que se besan en los árboles con un murmullo semejante al de la lluvia; trinos de alondras que se levantan gorjeando de entre las flores como una saeta despedida a las nubes; estruendos sin nombre, imponentes como los rugidos de una tempestad; coros de serafines sin ritmo ni cadencia, ignota música del cielo que sólo la imaginación comprende; himnos alados, que parecían remontarse al trono del Señor como una tromba de luz y de sonidos... todo lo expresaban las cien voces del órgano, con más pujanza, con más misteriosa poesía, con más fantástico color que lo habían expresado nunca.
Cuando el organista bajó de la tribuna, la muchedumbre que se agolpó a la escalera fue tanta y tanto su afán por verle y admirarle, que el asistente, temiendo, no sin razón, que le ahogaran entre todos, mandó a algunos de sus ministriles para que, vara en mano, le fueran abriendo camino hasta llegar al altar mayor, donde el prelado le esperaba.
-Ya veis -le dijo este último cuando le trajeron a su presencia; vengo desde mi palacio aquí sólo por escucharos. ¿Seréis tan cruel como maese Pérez, que nunca quiso excusarme el viaje, tocando la Noche-Buena en la Misa de la catedral?
-El año que viene -respondió el organista-, prometo daros gusto, pues por todo el oro de la tierra no volvería a tocar este órgano.
-¿Y por qué? -interrumpió el prelado.
-Porque... -añadió el organista, procurando dominar la emoción que se revelaba en la palidez de su rostro- porque es viejo y malo, y no puede expresar todo lo que se quiere.
El arzobispo se retiró, seguido de sus familiares. Unas tras otras, las literas de los señores fueron desfilando y perdiéndose en las revueltas de las calles vecinas; los grupos del atrio se disolvieron, dispersándose los fieles en distintas direcciones; y ya la demandadera se disponía a cerrar las puertas de la entrada del atrio, cuando se divisaban aún dos mujeres que, después de persignarse y murmurar una oración ante el retablo del arco de San Felipe, prosiguieron su camino, internándose en el callejón de las Dueñas.
-¿Qué quiere usarced, mi señora doña Baltasara? -decía la una-, yo soy de este genial. Cada loco con su tema... Me lo habían de asegurar capuchinos descalzos y no lo creería del todo... Ese hombre no puede haber tocado lo que acabamos de escuchar... Si yo lo he oído mil veces en San Bartolomé, que era su parroquia, y de donde tuvo que echarle el señor cura por malo, y era cosa de taparse los oídos con algodones... Y luego, si no hay más que mirarle al rostro, que según dicen, es el espejo del alma... Yo me acuerdo, pobrecito, como si lo estuviera viendo, me acuerdo de la cara de maese Pérez, cuando en semejante noche como ésta bajaba de la tribuna, después de haber suspendido al auditorio con sus primores... ¡Qué sonrisa tan bondadosa, qué color tan animado!... Era viejo y parecía un ángel... no que éste ha bajado las escaleras a trompicones, como sí le ladrase un perro en la meseta, y con un color de difunto y unas... Vamos mi señora doña Baltasara, creame usarced, y creame con todas veras... yo sospecho que aquí hay busilis...
Comentando las últimas palabras, las dos mujeres doblaban la esquina del callejón y desaparecían.
Creemos inútil decir a nuestros lectores quién era una de ellas.
Había transcurrido un año más. La abadesa del convento de Santa Inés y la hija de maese Pérez hablaban en voz baja, medio ocultas entre las sombras del coro de la iglesia. El esquilón llamaba a voz herida a los fieles desde la torre, y alguna que otra rara persona atravesaba el atrio, silencioso y desierto esta vez, y después de tomar el agua bendita en la puerta, escogía un puesto en un rincón de las naves, donde unos cuantos vecinos del barrio esperaban tranquilamente que comenzara la Misa del Gallo.
-Ya lo veis -decía la superiora-, vuestro temor es sobremanera pueril; nadie hay en el templo; toda Sevilla acude en tropel a la catedral esta noche. Tocad vos el órgano y tocadle sin desconfianza de ninguna clase; estaremos en comunidad... Pero... proseguís callando, sin que cesen vuestros suspiros. ¿Qué os pasa? ¿Qué tenéis?
-Tengo... miedo -exclamó la joven con un acento profundamente conmovido.
-¡Miedo! ¿De qué?
-No sé... de una cosa sobrenatural... Anoche, mirad, yo os había oído decir que teníais empeño en que tocase el órgano en la Misa, y ufana con esta distinción pensé arreglar sus registros y templarle, al fin de que hoy os sorprendiese... Vine al coro... sola... abrí la puerta que conduce a la tribuna... En el reloj de la catedral sonaba en aquel momento una hora... no sé cuál... Pero las campanas eran tristísimas y muchas... muchas... estuvieron sonando todo el tiempo que yo permanecí como clavada en el dintel, y aquel tiempo me pareció un siglo.
La iglesia estaba desierta y oscura... Allá lejos, en el fondo, brillaba como una estrella perdida en el cielo de la noche una luz muribunda... la luz de la lámpara que arde en el altar mayor... A sus reflejos debilísimos, que sólo contribuían a hacer más visible todo el profundo horror de las sombras, vi... le vi, madre, no lo dudéis, vi a un hombre que en silencio y vuelto de espaldas hacia el sitio en que yo estaba recorría con una mano las teclas del órgano, mientras tocaba con la otra sus registros... y el órgano sonaba; pero sonaba de una manera indescriptible. Cada una de sus notas parecía un sollozo ahogado dentro del tubo de metal, que vibraba con el aire comprimido en su hueco, y reproducía el tono sordo, casi imperceptible, pero justo.
Y el reloj de la catedral continuaba dando la hora, y el hombre aquel proseguía recorriendo las teclas. Yo oía hasta su respiración.
El horror había helado la sangre de mis venas; sentía en mi cuerpo como un frío glacial y en mis sienes fuego... Entonces quise gritar, pero no pude. El hombre aquel había vuelto la cara y me había mirado.., digo mal, no me había mirado, porque era ciego... ¡Era mi padre!
¡Bah!, hermana, desechad esas fantasías con que el enemigo malo procura turbar las imaginaciones débiles... Rezad un Paternóster y un Avemaría al arcángel San Miguel, jefe de las milicias celestiales, para que os asista contra los malos espíritus. Llevad al cuello un escapulario tocado en la reliquia de San Pacomio, abogado contra las tentaciones, y marchad, marchad a ocupar la tribuna del órgano; la Misa va a comenzar, y ya esperan con impaciencia los fieles... Vuestro padre está en el cielo, y desde allí, antes que daros sustos, bajará a inspirar a su hija en esta ceremonía solemne, para el objeto de tan especial devoción.
La priora fue a ocupar su sillón en el coro en medio de la Comunidad. La hija de maese Pérez abrió con mano temblorosa la puerta de la tribuna para sentarse en el banquillo del órgano, y comenzó la Misa.
Comenzó la Misa y prosiguió sin que ocurriese nada de notable hasta que llegó la consagración. En aquel momento sonó el órgano, y al mismo tiempo que el órgano un grito de la hija de maese Pérez.
La superiora, las monjas y algunos de los fieles corrieron a la tribuna.
¡Miradle! ¡Miradle! -decía la joven fijando sus desencajados ojos en el banquillo, de donde se había levantado asombrada para agarrarse con sus manos convulsas al barandal de la tribuna.
Todo el mundo fijó sus miradas en aquel punto. El órgano estaba solo, y no obstante, el órgano seguía sonando... sonando como sólo los arcángeles podrían imitarlo en sus raptos de místico alborozo.
-¡No os lo dije yo una y mil veces, mi señora doña Baltasara, no os lo dije yo!... ¡Aquí hay busilis! Oídlo; ¡qué!, ¿no estuvisteis anoche en la Misa del Gallo? Pero, en fin, ya sabréis lo que pasó. En toda Sevilla no se habla de otra cosa... El señor arzobispo está hecho y con razón una furia... Haber dejado de asistir a Santa Inés; no haber podido presenciar el portento... y ¿para qué?, para oír una cencerrada; porque personas que lo oyeron dicen que lo que hizo el dichoso organista de San Bartolomé en la catedral no fue otra cosa... -Si lo decía yo. Eso no puede haberlo tocado el bisojo, mentira... aquí hay busilis, y el busilis era, en efecto, el alma de maese Pérez. 

lunes, 11 de mayo de 2015

El Código de Las Brujas y Las Enseñanzas de Los Antiguos

Escuchad ahora la palabra de las Brujas,
Los secretos que en la noche escondemos,
Cuando la oscuridad era el destino de nuestro camino,
y que ahora lo dirigimos a la luz.

Misteriosos Agua y Fuego, Tierra y Aire,
Por su escondida esencia los conocemos,
Y mantendremos en silencio.

El eterno renacimiento de la Naturaleza,
El paso del Invierno a la Primavera,
Compartimos con él la Vida Universal,
Regocijándonos en el Anillo Mágico.

Cuatro veces al año los Sabbats Mayores
Retornan, y las Brujas son vistas
En Lammas y Candlemas, bailando,
En la noche de Beltane y la vieja Samhain.

Cuando el día y la noche son iguales,
El Sol está más cercano o lejano,
Los cuatro Sabbats Menores se celebran,
Y las Brujas se reúnen en celebración.

Trece Lunas de plata cada año tienen
Y trece son las reuniones de los Coven;
Trece veces los Esbaths se celebran,
Por cada precioso año y día.

El Poder legado a través de las eras,
Transmitido siempre entre hombre y mujer,
De época en época trascurriendo,
Desde el momento en que empezaron los tiempos.

Cuando el círculo mágico es trazado,
Sea por Espada o Athame de poder,
Su compás entre los dos mundos yace,
En la Tierra de las Sombras por esa hora.

El mundo común no debe saber entonces,
Y el mundo de abajo tampoco dirá,
Que los Dioses Antiguos se invocan allí,
Y Alta Magia es realizada.

Dos son los pilares místicos,
Que se erigen en el altar,
Y dos son los poderes de la naturaleza,
Las formas y las fuerzas divinas.

La oscuridad y la luz en sucesión,
Los opuestos unidos en uno,
Mostrados como Dios y Diosa,
como nos enseñaron nuestros ancestros.

Por la noche él es el Jinete del Salvaje Viento,
El Astado, el Señor de las Sombras.
Por el día, el Rey de los Bosques,
el Morador de las verdes llanuras.

Ella es joven o vieja a voluntad,
Navega las rasgadas nubes en su barca,
La Brillante Dama Plateada de la medianoche,
La Anciana que teje encantamientos en la oscuridad.

El Señor y la Señora de la Magia,
Que moran en lo profundo de nuestra mente,
Inmortales y siempre renaciendo,
Con poder para liberar o atar.

Bebed pues vino con los Antiguos Dioses,
Y bailad y hacer el amor en sus alabanzas,
Hasta que la hermosa tierra de Elphane nos reciba,
En paz para el resto de nuestros días.

Y sea “Haz lo que quieras” el desafío,
Así como por Amor no dañes a nadie,
Puesto que este es el único mandamiento,
Por la Magia de los Antiguos ¡que así sea!

viernes, 8 de mayo de 2015

Monólogo de Lilith

Olvidaste que fuimos hechos de polvo cósmico, somos iguales. ¿En qué momento comenzaste a posar como pavo real, mientras la humanidad se hundía en el lodo de la guerra y la miseria? La mitología me señaló con la culpa de tenerte entretenido entre juegos, sexo, engaños, brujerías. Estoy lejos de considerar ese pasaje.
Aunque un día fuimos felices, nuestra relación se deterioró muy temprano. Sentí tristeza de alejarme, de decirte “no más”, después empecé a verte como a un padre o a un amante desolado, cada vez más incapaz de cumplir promesas de tierras a los elegidos, cada vez menos eficiente en hacer llover maná del cielo.
Sin embargo, nunca has engañado a nadie, por eso puedo mirarte a los ojos y escupir sobre tu nombre. Fui consciente de las desventajas patriarcales, pude darme cuenta de cómo fueron calladas poco a poco mis amadas hijas, mis profetisas suplantadas, mis hechiceras calcinadas, mis madres declaradas impuras. Sangré con sus dolores, ¿a dónde se fueron las otras, cada una con su historia? Como un testigo de segunda, como Lilith la diosa de escasos poderes, he actuado en nombre de mis hijas, he llevado conmigo cada sufrimiento, cada negación, cada injusticia, cada amordazamiento lo he vivido en mi carne cósmica.
Entré en guerra cuando me nombraste capitana del otro bando, a mí, la auto-exiliada, la que se desnudó ante ti porque te deseaba, la que un día fue feliz contigo y dejó de serlo porque así es el desencanto, porque me decidí por seres menos perfectos que tú, porque vi valor y virtud en los perdedores, inteligencia en las mujeres, astucia en los pecadores, ternura en los arrepentidos, abandono y compasión en los moribundos.
Así fue que terminé, sin darme cuenta, ocupándome de los seres que no quieren nacer.
Aquellos que por una extraña visión saben con lo que se van a encontrar y me llaman para que los salve del porvenir y, de paso, para que salve a sus madres de la culpa de haberlos tirado en esta cloaca que es el mundo, y que algunas de mis extraviadas siguen llenando con seres que no querían llegar, con seres no deseados.
Mi fecundidad es excesiva y libre de culpa, consiste en tomarme el semen que sobra de las relaciones sexuales de todos los hombres de la tierra. Vivo preñada y a la vez pariendo espiritejos, hijos naturales de los hombres, seres sin cuerpo, demonios con los mismos derechos de los hijos legítimos.
Mi lujuria va de la mano con la alegría, el derroche, el ingenio, la gracia y la intuición.
Mi pasión legitima la existencia de seres libres.
Mi conocimiento para dar la vida y al mismo tiempo poderla quitar, me hace Diosa.
Por ese conocimiento me has envidiado, me has temido, has enviado sobre mí la oscuridad, me vinculaste a las sombras, a la rebeldía, a la perversión, cuando no hay nada más perverso que tu orden de atacar.
Un día cualquiera me senté a descansar en mi desierto y terminé observándome una herida en el bajo vientre, escarbé en ella con los dedos y empezaron a salirme todos los pobres de la tierra, hordas de hombres y mujeres desarraigados, incurables para la existencia, sin mayor posesión que sus dolorosas llagas de humildad, silencio, desamor, rebeldía y pesadumbre. ¿A qué horas los creaste a tu imagen y semejanza, sin mayor posesión que la miseria de existir? ¿En qué momento me dejé acorralar tanto en mi condición demoníaca? ¿Por qué no acudí a sus no nacimientos? ¿Por qué no estuve en la repartición?, alguna cosa pude haber hecho por ellos. He ahí mi culpa, he ahí mi culpa, dejar esto en tus pulcras e inequitativas manos.
Dejaste campear la codicia por el mundo, he hizo bien su trabajo, permeó hasta tus discípulos, tus representantes participaron creando más desigualdad, absolvieron la injusticia, colaboraron activamente en toda clase de asesinatos y holocaustos. ¿Cómo los miras a los ojos cuando te alaban, sin que los borres de tajo de la faz de la tierra?
Actúas con ellos de manera absurda, benevolencia que perjudica tu imagen de Dios justo y compasivo.
Seguí observando mi herida y salieron miles de mis hijas, de todos los tiempos, aquellas que siempre llevo conmigo, las que no clasificaron como seres humanos, aquellas que sabían la magia de quitar un dolor de muela, enamorar a un hombre o hacer dormir a un niño, las que por eso ardieron en hogueras, haciendo inmensa mi llaga; las que fueron tratadas con crueldad hasta someterlas, venderlas, menospreciarlas; esas que van quedando en el olvido donde también escondieron a sus hijos y protegieron a la humanidad para que un día fuera eso, humanidad.
Me incliné para besar las lenguas de las que blasfeman y escupen odio, las lamí para apaciguarlas, pero mis lágrimas se confundieron con mi sangre y no pude estar más tiempo ahí, contemplándome, contemplándolas.
Levanté la mirada de mi bajo vientre y agucé la vista en el desierto. He ahí la magnitud de mi tarea, cada mujer, un grano de arena, y yo sentada llorando por el pasado sin contar todas aquellas que llevo a cuestas.

Olvidaste ya que un día fuimos felices. Es evidente tu furia desde el antiguo testamento y mi acorralamiento fundacional, pero sabes bien que tú y yo no existimos, porque al negarme a mí, tú te esfumas, por no venir de ningún lado. Vine a contar tu pasado, yo que fui testigo de segunda, ahora soy lengua viperina porque la humanidad debe saber que a quien divinizaron ya fue superado en maldad por aquellos que avaló con su nombre.
Un día fuimos felices. Llevo a mis lloronas colgadas de los senos, a los desvalidos sobre la planta de mis manos, para las rebeldes es mi trono, para las lujuriosas mi simpatía, para las infames los buenos augurios.
A ti sólo me resta decirte: “gobernará una Diosa”, y partiré de la compasión a la misericordia en sentido inverso.

domingo, 3 de mayo de 2015

Barcos fantasma

En el año 1.610 un capitán holandés decía haber hecho un pacto con el diablo para hacer sus travesías en la mitad del tiempo normal. En uno de sus viajes intentaba doblar el cabo de Buena Esperanza, insultaba a su tripulación en la tormenta exigiéndoles más esfuerzos; al ver que no lo conseguía por más que lo intentaban invocó al diablo para que lo ayudara. En ese momento un rayo cayó sobre la cubierta y de la llamarada surgió un anciano que le gritó: “¡serás maldito y condenado a navegar eternamente tú y tus hombres en este mar tempestuoso, sin poder volver jamás a puerto!”.



Años más tarde un capitán afirmó ver mientras doblaba el cabo con terrible tormenta un barco negro, con el velamen hecho jirones ondeando al viento, de aspecto siniestro y tripulado por esqueletos. Otros muchos navegantes lo vieron navegando en mares turbulentos de todo el mundo, y así nació la leyenda del Holandés Errante. Un testigo de excepción fue el rey de Gran Bretaña Jorge V, cuando aún era príncipe y viajaba como cadete en el H.M.S. Inconstant en 1881 a través del Pacífico. En su diario con fecha 11 de Julio escribe: “A las 4 de la mañana cruzó ante nuestra proa “El Holandés Errante”. Emitía una extraña luz fosforescente, como un buque fantasma todo fulgurante, en medio de la cual destacaban con fuerte relieve los palos, vergas y velamen de un bergantín a 200 yardas de distancia que se aproximaba por la amura de babor, donde también lo vio el oficial de guardia en el puente, y asimismo el guardiamarina del alcázar, que fue enviado inmediatamente al castillo de proa, pero cuando llegó allí ya no había vestigio ni signo alguno de haberse avistado ningún buque material, ni cerca ni a lo lejos en el horizonte, siendo la noche clara y estando la mar en calma.”
En 1.975, durante una expedición de estudio y filmación a bordo del yate New Freedom, en mar abierto y a unas setenta y cinco millas al nordeste de  las Bimini, la tripulación se hallaba absorta contemplando una tormenta eléctrica de gran intensidad acompañada de lluvia. El Dr. Jim Thorne, director de la expedición, que estaba tomando fotografías en color con una Pentax de 35 mm sacó una instantánea justo en el momento en que un rayo parecía partir en dos el horizonte. Al revelar la foto descubrió que la cámara había captado lo que parecía ser la vela de un gran velero antiguo de aparejo en cruz, a unos veinticinco o treinta metros de su barco. los expertos que analizaron la foto no encontraron trucaje alguno ni errores en el material.
Las supersticiones de los hombres del mar no son cosa de broma, y no son antiguos los hechos probados que dan fe de sucesos extraños.
En 1.858, el Great Eastern era el barco de pasajeros a vapor más grande del mundo, aunque desde su construcción los trabajadores le tuvieron como un barco que traía mala suerte; de hecho, varios de ellos perecieron durante su construcción, además un remachador desapareció misteriosamente.
El día de su botadura no fue mejor: quedó atascado y pasaron varios meses hasta que pudo flotar libremente.
Durante la travesía las cosas no mejoraron. A las pocas horas de salir de puerto una de las chimeneas explotó matando a seis tripulantes. Durante todo el crucero los pasajeros y la tripulación se vieron molestados por unos golpes secos de martillo que parecía provenir del fondo del casco, y aunque buscaron por todas partes no encontraron la fuente de tan molesto ruido. Durante una tormenta las gigantescas ruedas de paleta que impulsaban al barco salieron disparadas desde los lados, la tripulación no pudo más y aterrorizados se negaban a obedecer las órdenes del capitán.
El barco consiguió llegar a puerto pero nunca volvió a funcionar como vapor de línea. En 1885 se empezó a desguazar, en el casco hallaron los restos del remachador desaparecido. Para muchos fue su espectro el que golpeaba el casco tal como debió de hacerlo el trabajador durante sus últimos días de vida emparedado entre las planchas metálicas del casco.
Un caso menos morboso es el de W.H. Prosser en el Triángulo de las Bermudas. Mientras dirigía su barco una noche de aguas tranquilas hacia Florida. Tras comprobar que no había ninguna embarcación en el radar una fuente de luz a estribor le hizo girarse para descubrir asombrado que estaba a punto de chocar con un enorme barco de lujo, iluminado en todo su esplendor como si fuera un gran hotel de cinco estrellas. Se afanó en evitar la colisión y situarse en posición paralela a la enorme embarcación, pero cuando volvió la vista se encontró con que había desaparecido de allí para aparecer en la amura de babor y girado 45 grados, y en cosa de segundos desapareció. El asombrado capitán lo llamó el barco del Holandés errante Hilton, por supuesto no apareció en el radar en ningún momento. 
En 1.944 la tripulación del buque petrolero SS Watertown sufrió un incendió y como resultado del mismo murieron dos marineros por asfixia. Con gran pena por parte de sus compañeros sus cuerpos fueron arrojados al mar frente a las costas de México. Al día siguiente el primer oficial creyó ver las caras de los dos marineros flotando cerca del casco, pero no se resignó a creer lo que veían sus ojos. Sin embargo, durante el resto de la travesía las caras aparecieron a diario dando oportunidad a toda la tripulación de ver el fenómeno. Al llegar a puerto el capitán Watertown compró una cámara de fotos  y en el viaje de vuelta sacó una foto a las caras, que cada vez se fueron haciendo más tenues hasta desaparecer.
El submarino alemán UB-65 fue construido en el año 1916, durante la Primera Guerra Mundial. A lo largo de su construcción, una serie de accidentes costaron la vida a cinco personas e hirieron a varias más. Aunque la tripulación no era partícipe de subir a una nave con tan malos augurios la necesidad les hizo dejar a un lado sus supersticiones. Durante los preparativos para la primera inmersión un marinero se lanzó al agua sin previo aviso, el capitán continuó y se llevó a cabo la inmersión. Los problemas surgieron al intentar salir a superficie, además el agua empezaba a filtrarse por el casco, hasta que alcanzó las baterías provocando humos mortales. En un intento desesperado el capitán logró salir a la superficie con la tripulación casi muerta por asfixia.
De nuevo en puerto, mientras se aprovisionaba de combustible un torpedo explotó de manera inexplicable matando a seis hombres, entre ellos al lugarteniente. Poco después un oficial y un marinero declararon aterrados haber visto el fantasma del lugarteniente. Varias semanas más tarde, mientras patrullaban frente a las costas inglesas el fantasma apareció de pie en proa, ocurriendo lo mismo al llegar a puerto. Minutos más tarde de su llegada un ataque aéreo acabó con la vida del capitán. Tras estos hechos se requirieron los servicios de un capellán para que exorcizara el buque.
Todo fue bien desde entonces en el UB-65, al menos durante unos meses, hasta que el jefe de artillería enloqueció y se suicidó, al día siguiente un marinero saltó al agua y murió. En la siguiente batalla, como no podía ser de otra manera, fue alcanzado. Las luces del interior relampagueaban y un misterioso resplandor verde cubría el casco. Una vez más el UB-65, a pesar de estar averiado, consiguió llegar a puerto.
Al final de la guerra, un barco americano, guiado por una extraña señal, llegó hasta el UB-65. Su tripulación al verlo abandonado lo remolcó. Súbitamente una explosión se produjo en el submarino y antes de que se hundiese, la figura fantasmal del oficial apareció por última vez.
En diciembre de 1660 se hundió una nave británica en las aguas francesas del Paso de Caláis, el único que salió con vida fue una persona llamada Hugo Williams. Después de ciento veintiún años, otro barco inglés naufragó en las mismas aguas y sólo se salvó un marinero de nombre Hugo Williams. El 5 de agosto de 1820 toda una familia que navegaba el río Támesis, falleció a causa del hundimiento del bote, el único sobreviviente fue un pequeño de cinco años Hugo Williams…

Durante la Segunda Guerra Mundial, en julio de 1940, una mina colocada por los alemanes destruyó un pesquero inglés en el Mar del Norte. Hubo sólo dos sobrevivientes, pero llevaban el mismo nombre, ya que uno era sobrino del otro: Hugo Williams… 

viernes, 1 de mayo de 2015

La "Mata Hari" española, triste dama de la crónica negra.

Las sospechas se confirmaron pronto. Los restos humanos aparecidos en casa de la marquesa pertenecían a su propia hija, fallecida a causa de una larga enfermedad. La mano, guardada en una lechera. Los ojos y la lengua, amputados con la destreza digna de un cirujano.  Y una foto inmortalizando a ambas, en el lecho de muerte de la hija, poco antes de la brutal "carnicería". El escándalo salpicó a una sociedad todavía en posguerra que observó con repugna como una de los miembros más famosos de alta sociedad copaba los periódicos acusada de un delito de profanación. Es el año 1954  y nadie se explica como una mujer educada, licenciada en derecho y que había servido como espía a España, pudiera cometer tales actos.  Una mañana, Madrid se despierta con un trágico suceso, la marquesa descuartizó a su propia hija siguiendo un ritual.  
La vida de Margarita Ruiz de Lihory bien podía haber protagonizado un guión cinematográfico. Sin embargo, es tristemente recordada como uno de los personajes más oscuros de nuestro país y como una de las asesinas más crueles de la historia negra de España.
Margarita era hija de Soledad Resines de la Bastida y de José Mª Ruiz de Lihory, político influyente durante los primeros años de reinado de Alfonso XII. Desde joven, recibió una esmerada educación. Estudió derecho y cursó también estudios de medicina en Valencia, y mientras las damas de la época estudiaban el "catecismo", ella apostó por un feminismo más que rebelde, se divorció de su esposo (Ricardo de Shelly) con quién había tenido cuatro hijos y se marchó a Marruecos, donde se dedicó al periodismo ejerciendo como corresponsal del diario La Correspondencia. Entre los años 1919 y 1923, sus crónicas de guerra y sus fotografías sobre el norte del continente africano llamaron la atención de los lectores españoles. Pero también llamaron la atención del General Primo de Rivera a quién había conocido algunos años antes en Valencia. Hay que decir, que en aquella época las relaciones diplomáticas entre Marruecos y España y que los rudimentarios servicios secretos españoles  actuaban especialmente en la zona del Rif. Margarita fue "reclutada" como espía. Sin embargo, esta aventura acabó convirtiéndola en amante del rebelde rifeño Abd-el-Krim, y por lo tanto, en doble espía, un hecho que le ha valido el apelativo de "la Mata Hari española". 
Tras la aventura en Marruecos, Margarita se marchó a EEUU donde vivió entre 1923 y 1928, desarrollando sus habilidades como pintora y dando conferencias feministas. Aunque algunos cuestionan la autoría de sus retratos, se dice que fue retratista de algunos de los hombres más importantes del momento como el presidente cubano Gerardo Machado o el presidente del gobierno mexicano, Álvaro de Obregón. 
Poco antes de los años 30, Margarita de Lihory regresó a España y se instaló con sus cuatro hijos, a los que había dejado al cuidado de su madre. Mantuvo el contacto con algunos de los hombres más importantes del momento, pues todos conocían su bagaje y su historia. Mujer de gran belleza, se le "suponen" romances con algunos de los hombres más influyentes del momento, como Primo de Rivera o Lluis Compayns. Muchos la catalogan como una mujer excepcional: feminista, abogada, pintora, pianista y también espía. Sin embargo, algo cambió el curso de la historia. Y lo que debería haber sido una vida llena de luz, pasó pronto a ser una de las crónicas más oscuras de las secciones de sucesos.
La leyenda negra: el crimen de la mano cortada
La vida de la Marquesa de Lihory podría haber pasado a la historia como la biografía de una mujer excepcional. Pero todo cambió el 30 de enero de 1954. Esa tarde, su propio hijo Luis Shelly, denunció a su madre en una comisaría. El motivo aparentemente era inofensivo: la viuda estaba obsesionada con los animales, tenía muchos de ellos. El problema era que, cuando éstos morían, la marquesa los diseccionaba personalmente. 

Hasta ahí, nada extraño, a no ser la curiosa afición de la marquesa que, dicho sea de paso, no era algo ilegal. Porqué entonces la preocupación de su hijo?.
Según Luis, la marquesa había tenido en los últimos meses un comportamiento muy raro y el servicio había dado cuenta de ello. Pero lo mas extraño ocurrió tras la muerte de su hija mayor el 19 de enero de aquel año a los 42 años, y hermana del denunciante.
La marquesa pidió quedarse sola con el cuerpo de su hija durante toda una noche. Según el hijo de la marquesa, a la mañana siguiente, las tijeras de disección de la marquesa aparecieron sobre la cama de su hija.
Ante la denuncia de su propio hijo, el escándalo no tardó en llegar a la prensa. Las autoridades intervinieron pronto y decidieron entrar en la casa de la acusada, situado en la Calle Princesa. Las sospechas empezaron a amenazar a la marquesa. Allí se encontraron, en varios tarros que contenían los ojos y la lengua de un ser humano, además de una mano de mujer. Tras la exhumación del cadáver, todas las sospechas se confirmaron: los miembros amputados pertenecían a Margot, a quién también se le había rasurado todo el pelo antes de ser enterrada. 
Tanto la Marquesa como el que entonces era su esposo, José María Bassols, fueron detenidos y llevados al pabellón psiquiátrico de Carabanchel, donde los médicos esperaban encontrar respuesta a semejante comportamiento.  Sin embargo, los interrogatorios duraron poco. Bassols fue retenido como encubridor del delito durante más tiempo, pero la marquesa abandonó pronto la prisión, dicen que por una misteriosa llamada que hizo que fuera puesta en libertad de inmediato. Siempre se ha dicho que los favores de guerra y espionaje tienen una contraprestación en el futuro. Sin embargo, las principales interrogantes sobre este caso aún estaban por resolver.
Años después, Margarita murió sola y completamente arruinada. 
¿Qué es lo que llevó a Margarita a cometer estos actos?
Ni los psiquiatras ni las investigaciones pueden aportar una respuesta precisa sobre los motivos de este comportamiento. Lo cierto es que al parecer Margarita de Lihory, era aficionada al espiritismo, doctrina muy en auge durante los años veinte. Además, su padre el barón de Alcahalí estaba relacionado con los círculos masónicos de Valencia y era autor del libro "Los endemoniados de Balsa", por lo que Margarita pudo verse contagiada por estas aficiones de su padre.
Otras fuentes también indican que durante su estancia en Marruecos, Margarita pudo entrar en contacto con diferentes sectas y participar en algunos de sus rituales, y de ahí esa morbosa afición por la disección ritual de animales que llevaba a cabo con normalidad. Lo cierto es que estas teorías se ven reforzadas teniendo en cuenta que el rasurado de los cadáveres es una práctica habitual en los enterramientos musulmanes.

viernes, 24 de abril de 2015

La maldición de Ochate

Ochate es una localidad burgalesa del Condado de Treviño, fundado en 1134, una siglo más tarde se construye la torre que ahora es el único vestigio del antiguo Ochate, a 15 km de Vitoria, deshabitada desde hace un número indeterminado de años, que ha adquirido cierta fama debido a supuestos fenómenos paranormales. El nombre de Ochate significa, “puerta de arriba” o “puerta secreta” o “puerta del frío”, aunque se especula con acepciones como “la puerta de los espíritus o “la puerta de Gog” (Personaje bíblico del Apocalipsis de San Juan).
De su primera época, aquella oscura, sólo quedan unas extrañas hileras de tumbas rodeando el pueblo.
Ochate, desde su construcción no tuvo buenos tiempos, ya que en 1557 aparece como un pueblo totalmente despoblado debido a la emigración de su habitantes, de sus muertes o desaparición, incluso en 1750 el censo solo cuenta con 6 habitantes.
En el siglo XIX pasa a ser uno de los pueblos más poblados de la comarca y cuando surge la maldición…
Tres epidemias arrasan Ochate:
 En 1860 se extiende la viruela, de la que apenas sobreviven una decena de personas, desde hacia 70 años antes, esta enfermedad estaba controlada en el resto de España.
 En 1864 se extiende el tifus, arrasando también con casi toda la totalidad de habitantes.
 En 1870 se extiende el cólera, que fulmina para siempre toda la vida de este pueblo.”
Pero aún hay más…

En 1868, el párroco Antonio Villegas desaparece sin dejar rastro.
Un joven agricultor también desapareció misteriosamente.
El mismo día que el anterior otro agricultor apareció calcinado en un camino.
En 1970, apareció el cuerpo de un agricultor carbonizado, sin rastros de gasolina o materias inflamables en los alrededores.
En 1974, un campesino ve objetos extraños volando sobre el pueblo.
En 1978, Prudencio Muguruza ve un objeto blanquecino, “tenía mucho miedo” – declaró.
En 1986 un empresario, nota como andan a su alrededor e incluso siente que le tocan el hombro.
En 1987 dos compañías de soldados de la cercana base militar de Araca estuvieron perdidas durante cuatro horas al sentirse envueltas en una extraña niebla. Los aparatos electrónicos no funcionaban.. Uno de los sargentos, conocedor de la zona, salió en busca de una de esas compañías y admitió hallarse desorientado, tanto que tuvo que volver sobre sus pasos para evitar perderse él también.
Pero todavía hay más: Un escabroso crimen en un cobertizo, un rayo que cayó en ese mismo lugar y fulminó a un rebaño de ovejas, las psicofonías obtenidas, las presencias vistas o intuidas, la niebla, los supuestos ovni, lugares calcinados sin motivo aparente, gente que siente presencias y oye ruidos, otros que sufren mareos, testimonios de pisadas y gruñidos de seres invisibles, seres de más de dos metros que se pierden tras las montañas.
Hasta 2007 no se había realizado una investigación formal sobre la realidad o no de fenómenos paranormales en la zona: la existencia de fenómenos paranormales en el pueblo tiene sus partidarios, que consideran las pruebas irrefutables y por tanto un lugar maldito; mientras los detractores opinan que todo es una leyenda promovida por la divulgación popular y el sensacionalismo.

miércoles, 22 de abril de 2015

El experimento del doctor Heidegger (Nathaniel Hawthorne).

Aquel hombre extraño, el viejo doctor Heidegger, invitó cierta vez a su estudio a cuatro amigos venerables. Eran ellos tres caballeros de blancas barbas: Mister Medbourne, el coronel Killigrew y Mister Gascoigne, y una marchita dama, la viuda Wycherly. Todos eran melancólicos ancianos que sabían de infortunios y cuya mayor desgracia consistía en mantenerse aún con vida. Mister Medbourne, en el vigor de sus años, había sido un próspero negociante; pero habiéndolo perdido todo en locas especulaciones estaba reducido a poco menos que un mendigo. El coronel Killigrew había dilapidado sus mejores años, su salud y su caudal corriendo tras pecaminosos placeres, los cuales fueron fuente de males, tales como la gota, a más de producirle diversos tormentos del alma y del cuerpo. Mister Gascoigne era un político arruinado, hombre de mala fama, o al menos lo había sido, hasta que el tiempo, al borrarlo del conocimiento de la presente generación, convirtió su infamia en oscuridad. En cuanto a la viuda Wycherly, la tradición nos dice que fue en sus días una gran belleza, pero que vivió largos años en profunda reclusión a causa de ciertas escandalosas historias que habían prevenido contra ella a la gente de la ciudad. Es una circunstancia digna de mencionar que los tres ancianos caballeros: Mister Medbourne, el coronel Killigrew, y Mister Gascoigne, amaron en sus años mozos a la viuda Wycherly, y hasta habían estado una vez a punto de llegar a las manos por ella. Y antes de seguir adelante quiero sugerir, simplemente, que tanto del doctor Heidegger, como de sus cuatro huéspedes, decíase que no se hallaban en sus cabales, cosa no poco frecuente en los ancianos, cuando están bajo el peso de molestias presentes o de angustiosos recuerdos. -Mis queridos viejos amigos, -dijo el doctor Heidegger a la vez que les rogaba tomaran asiento- deseo la ayuda para llevar a cabo uno de aquellos pequeños experimentos con los cuales acostumbro entretener mis ocios, aquí, en mi estudio. Si las historias dicen la verdad, el estudio del doctor Heidegger debió haber sido un muy curioso lugar. Consistía en una oscura y anticuada cámara, festoneada con telas de araña, y salpicada de manchas de polvo de vieja data. Alrededor de las paredes alinéabase una estantería de roble, cuyas tablas inferiores soportaban hileras de gigantescos infolios y volúmenes en cuarto de negras letras; y las superiores, pequeños tomos en dozavo recubiertos de pergamino. Sobre el estante central veíase el busto de bronce de Hipócrates, con el cual, según ciertas autorizadas opiniones, el doctor Heidegger acostumbraba realizar consultas en todos los casos difíciles que en la práctica de su profesión se le presentaban. En el más oscuro rincón de la habitación, a través de la puerta entreabierta de una estrecha alacena de roble, podía distinguirse confusamente un esqueleto humano.
Un espejo suspendido entre dos estantes ofrecía su alta y polvorienta luna en un deslustrado marco dorado. Entre las muchas maravillosas historias referentes a este espejo, figuraba la de que en su superficie cobraban vida los pacientes fallecidos del doctor, y asomábanse a mirarlo con fijeza cada vez que en él se contemplaba. El lado opuesto de la habitación estaba adornado con el retrato de cuerpo entero de una joven ataviada con satenes y, brocados, de tan empalidecida magnificencia como su marchito rostro. Media centuria antes el doctor Heidegger había estado a punto de contraer matrimonio con esta joven, quien, debido a una ligera indisposición, bebió una pócima prescripta por su novio, falleciendo la tarde misma del día fijado para la boda. Queda sin mencionar la más grande curiosidad del estudio: un pesado infolio en cuero negro con agarraderas de plata maciza. Ninguna inscripción adornaba su cubierta; nadie habría podido decir su título; pero bien sabían todos que era un libro de magia. Cierta vez, al levantarlo una mucama, simplemente para quitarle el polvo, el esqueleto rechinó en su encierro, el retrato de la joven avanzó un paso sobre el piso, y varios fantasmales rostros aparecieron en el espejo; mientras la cabeza de bronce de Hipócrates, arrugando el ceño, decía: Deténgase. Tal era el estudio del doctor Heidegger. En la tarde de verano de nuestro cuento, una pequeña mesa redonda, tan negra como el ébano, colocada en el centro de la habitación, sostenía un vaso de cristal de hermosa forma y elaborado diseño. Los rayos del sol, atravesando la ventana por entre los pesados festones de dos ajadas cortinas de damasco, incidían directamente sobre el vaso, de modo que un débil resplandor iba desde él a reflejarse sobre los cenicientos rostros de los cinco ancianos sentados a su alrededor. Cuatro copas de champagne estaban también sobre la mesa. -Mis queridos y viejos amigos, -repitió el doctor Heidegger- ¿puedo contar con la ayuda de ustedes para realizar un experimento extremadamente curioso? Ahora bien, el doctor Heidegger era un anciano caballero sumamente extraño, cuyas excentricidades habían dado pábulo a mil fantásticas historias. Algunas de estas fábulas, para mi vergüenza sea dicho, no cuentan con más garantía que la de mi propia veracidad; y si acaso algunos de sus pasajes llegaran a sorprender la buena fe del lector, estoy dispuesto a soportar el estigma de ser considerado un urdidor de ficciones. Cuando el doctor anunció a sus cuatro huéspedes sus propósitos de realizar un experimento, éstos
imaginaron algo tan carente de interés como la asfixia de una rata bajo la campana neumática, el examen al microscopio de una tela de araña, o cualquier otra tontería semejante a las muchas con que acostumbraba fastidiar a sus íntimos. Pero, sin aguardar respuesta, el doctor Heidegger cruzó cojeando la cámara y volvió con el pesado infolio encuadernado en negra piel, al cual generales referencias sindicaban como un libro de magia. Desprendiendo los broches de plata, abrió el volumen y separó de entre sus páginas de negros caracteres una rosa, o, mejor dicho, lo que fue alguna vez una rosa; pues ahora sus verdes hojas y rojos pétalos habían adquirido un oscuro tinte marrón, y la seca flor parecía próxima a convertirse en polvo entre los dedos del doctor. -Esta rosa, -dijo el doctor Heidegger, con un suspiro- esta misma rosa mustia que amenaza deshacerse, floreció hace cincuenta y cinco años. Me fue dada por Silvia Ward, cuyo retrato ven allí, y debía adornar la solapa de mi chaqué el día de nuestra boda. Cincuenta y cinco años han pasado entre las hojas de este viejo volumen. Ahora bien, ¿creen ustedes posible que esta flor con más de media centuria pueda adquirir su lozanía de otra hora? -¡Qué necedad! -dijo la viuda Wycherly con displicente inclinación de cabeza- Es como si usted preguntara si el arrugado rostro de una vieja puede recuperar su perdida frescura.

-Véanlo ustedes mismos -respondió el doctor Heidegger. Alzó la tapa del vaso y arrojó la marchita rosa dentro del agua que contenía. En el primer momento flotó ligera sobre la superficie, sin absorber, al parecer, nada de la mezcla. Pronto, sin embargo, comenzó a hacerse visible en ella una singular transformación. Los pétalos, aplastados y secos, se agitaron adquiriendo una profunda coloración rojiza, como si la flor despertara de un letargo de muerte; el esbelto tronco y los manojos de follaje reverdecieron de nuevo, hasta que al fin la rosa de medio siglo atrás llegó a adquirir la frescura del día en el cual Silvia Ward la ofreció a su prometido. Apenas, pues, había alanzado la plenitud de su florecimiento, algunos de sus delicados pétalos rojos se curvaban modestamente alrededor de su húmedo corazón, en el cual brillaban dos o tres gotas de rocío. -Esto es, ciertamente, una bonita superchería. –
dijeron los amigos del doctor, sin demostrar mayor entusiasmo, pues en la representación de un ilusionista habían presenciado cosas más extraordinarias- ¿Podemos preguntar cómo la realizó? -¿Nunca oyeron hablar ustedes de la Fuente de la juventud?
-interrogó el doctor a su vez- El aventurero español Ponce de León partió en su búsqueda tres centurias atrás. -Pero, ¿Ponce de León llegó alguna vez a encontrarla? -inquirió la viuda Wycherly. -No, -respondió el doctor Heidegger- pues nunca la buscó donde realmente se hallaba. La famosa Fuente de la juventud, si estoy exactamente informado, está situada en la parte meridional de la península de la Florida, no lejos del Lago Macaco. Sombréanla magnolias gigantes que, aunque cuentan innumerables centurias, se han mantenido frescas como violetas, por las virtudes de tan maravillosa agua. Uno de mis conocidos, sabedor de mi curiosidad en materias como ésta, envióme el agua que ven ustedes en ese vaso. -¡Ejem! -dijo el coronel Killigrew, quien no creía ni una palabra de la historia del doctor- ¿y cuál puede ser el efecto de este fluido sobre el organismo humano? -Lo juzgará usted mismo, mi querido coronel, -replicó el doctor Heidegger- y todos ustedes, mis respetados amigos, pueden servirse de tan admirable fluido, todo lo que necesiten para recobrar la lozanía de la juventud. En cuanto a lo que a mí respecta, me ha costado tanto llegar a la edad provecta, que no siento el menor deseo de recomenzar. Con el permiso de ustedes, pues, me limitaré, simplemente, a observar los progresos del experimento. Mientras hablaba el doctor había llenado las cuatro copas de champagne con el agua de la Fuente de la juventud. Parecía contener algún gas efervescente, pues continuamente desprendíanse del fondo de las copas pequeñas burbujas que iban a reventar en la superficie semejando una lluvia de plata. Como el licor difundía un grato perfume, los cuatro ancianos no dudaron de sus propiedades cordiales y reconfortantes, y, aunque escépticos en cuanto a los poderes que para rejuvenecer poseía, sintiéronse inclinados a beberlo en el acto. Pero el doctor solicitó un momento de espera. -Antes de beber, -les dijo- será bueno que con la experiencia adquirida a lo largo de sus vidas se tracen unas pocas reglas generales para orientare entre los peligros de la juventud que por segunda vez van a sortear. Un momento de reflexión les hará ver que, con las ventajas que ustedes ahora llevan, ¡merecerían vergüenza y condenación si no se convirtieran en modelos de virtud y de sabiduría para toda la juventud de la época! Una débil y trémula risita fue la única respuesta dada al doctor por los cuatro venerables amigos: tan ridícula encontraban la idea de que quienes, como ellos, sabían cuán de cerca el arrepentimiento sigue los pasos del error, pudieran de nuevo desviarse del camino recto. -Beban entonces, -dijo el doctor inclinándose, y agregó- me alegro de haber elegido tan bien los sujetos de mi experimento. Con manos temblorosas los cuatro ancianos llevaron los vasos a la altura de sus labios. Si realmente el licor poseía las propiedades que el doctor Heidegger le atribuía, no podía haber sido empleado en cuatro seres humanos que más angustiosamente lo necesitaran. Diríase que aquellas criaturas encanecidas, secas, decrépitas, sentadas alrededor de la mesa del doctor, carentes hasta del vigor de alma y cuerpo necesario para animarse ante la idea de su próximo rejuvenecimiento, eran los hijos de la senectud de la Naturaleza, y por completo ignoraban la juventud y los placeres. Bebieron el agua y repusieron los vasos sobre la mesa. Seguramente hubo una repentina mejora en el aspecto general de los cuatro amigos, no muy diferente, sin embargo, de la que hubiérase obtenido con un vaso de vino generoso; y, a la vez, algo como un resplandor iluminó sus fisonomías. Las mejillas adquirieron una apariencia de salud, en vez del matiz ceniciento que les daba cadavérico aspecto. Imaginaron, al mirarse unos a otros, que algún poder mágico estaba borrando las profundas y lamentables inscripciones esculpidas durante largos años sobre sus rostros, por el Padre Tiempo. La viuda Wycherly se acomodó el sombrero, pues casi se sentía, de nuevo, mujer. -¡Dénos más de este maravilloso elixir! -gritaron, ansiosamente- ¡Nos encontramos más jóvenes, pero aun somos demasiado viejos! ¡Pronto, sírvanos más! -Paciencia, paciencia.
-recomendó el doctor Heidegger, que sentado observaba con filosófica frialdad la marcha del experimento- Ustedes han necesitado muchos años para llegar a viejos; por bien servidos debían darse con retornar a la juventud en sólo media hora. Pero el agua está a su entera disposición. Colmó otra vez las copas con el licor de juventud, y aún quedó de él, en el vaso, cantidad suficiente como para volver a la mitad de los ancianos de la ciudad a la misma edad de sus propios nietos. Todavía chispeaban las burbujas en sus bordes cuando ya los cuatro huéspedes del doctor arrebataban las copas de la mesa y vaciaban de un trago su contenido. ¿Eran acaso juguetes de una alucinación? Aún estaba la bebida en sus gargantas cuando ya el organismo entero pareció experimentar una transformación. Los ojos volviéronse brillantes y límpidos; una sombra oscura, cada vez más profunda, se extendió sobre los plateados rizos: alrededor de la mesa sentábanse ahora tres caballeros y una dama de mediana edad, que, al parecer, apenas habían transpuesto los límites de la despreocupada juventud. -Mi querida viuda, está usted encantadora. -exclamó el coronel Killigrew, que no le había quitado los ojos de encima, mientras de su rostro, tal como la oscuridad corrida por las rosadas luces de la aurora, desaparecían las sombras de la edad. Como la bella viuda conocía de largo tiempo atrás que los cumplidos del coronel Killigrew no siempre se ajustaban a la más estricta verdad, se levantó y corrió al espejo, temerosa de encontrarse con el horrible rostro de una vieja. Mientras tanto los tres caballeros comportábanse de manera a demostrar que el agua de la Fuente la juventud poseía poderes intoxicantes, a menos que, en realidad, el alborozo de sus espíritus fuera simplemente debido al vértigo causado por la repentina remoción del peso de los años. El pensamiento de Mister Gascoigne retornó a los temas políticos, pero sin que fuera posible determinar si hacía referencia al pasado, al presente o al futuro, desde que las mismas ideas y frases habían estado en boga durante los últimos cincuenta años. Ora lanzaba a pulmón pleno sentencias sobre patriotismo, gloria nacional, o derechos del pueblo; ora musitaba algún peligroso chisme o materia de desecho, con cautela tanta, que aun su propia conciencia no habría podido llegar a enterarse del asunto; ora hablaba con reposado y firme acento, en tono de profunda deferencia, como si un oído real estuviera pendiente de sus bien redondeados períodos. Durante todo este tiempo el coronel Killigrew había estado canturreando una bonita canción de taberna, acompañando el estribillo con el retintín del cristal, mientras sus ojos buscaban la fresca figura de la viuda Wycherly. En el otro extremo de la mesa Mister Medbourne absorbíase en el cálculo de los dólares y centavos necesarios para llevar a cabo un proyecto en extremo audaz: el de proporcionar hielo a las Indias Orientales por el extraño expediente de uncir ballenas a los icebergs del polo. En cuanto a la viuda Wycherly, de pie frente al espejo, hacía cortesías, con bobalicona sonrisa, a su propia imagen, saludándola como al amigo más amado. Acercaba bien su rostro al espejo como para cerciorarse de que alguna arruga o pata de gallo, cuyo recuerdo no se borraba de su mente, había realmente desaparecido. Quería saber, asimismo, si la nieve de sus cabellos habíase fundido tan completamente como para permitirle arrojar lejos de sí el venerable sombrero que los cubría. Por último, arrancándose con viveza de tal contemplación, dirigióse hacia la mesa esbozando un paso de baile. -Mi querido y viejo doctor -gritó- ¡por favor, se lo suplico, deme otra copa! -¡Ciertamente, querida señora, ciertamente! -replicó el complaciente doctor- vea: las copas ya están llenas. Allí estaban, en efecto, las cuatro copas llenas, hasta los bordes, de la maravillosa agua, que, con la pulverización producida por la efervescencia de su superficie, semejaba el trémulo brillo del diamante. Ya el sol estaba poniéndose, de manera que las sombras comenzaban a invadir la habitación; pero un tenue resplandor, casi lunar, centelleando en el vaso, iba a caer, a la vez, sobre los cuatro huéspedes y sobre la venerable figura del doctor. Sentábase éste en un amplio sillón de roble, con ricas tallas y elevado respaldo, en una actitud de digna ancianidad, que bien hubiera cuadrado al propio Padre Tiempo, cuyos poderes (excepción hecha de los componentes de esta afortunada compañía) nadie había osado nunca disputar. Ya habían apurado la tercera copa de la Fuente de la juventud, pero sentíanse casi aterrorizados por la enigmática expresión del rostro del doctor. Mas, muy pronto, la pujante irrupción de la vida nueva dilató sus arterias. Estaban ahora en la flor de la juventud. La edad, con su miserable séquito de molestias, preocupaciones y enfermedades, había quedado muy lejos; recordábanla tan sólo como un sueño, del cual hubieran, con gozo, despertado. La frescura del alma -tan pronto perdida- sin la cual las sucesivas escenas del mundo son sólo una galería de marchitos cuadros, puso otra vez su nota de encantamiento sobre todas sus perspectivas. Sentíanse como los seres recién creados de un nuevo universo. -¡Somos jóvenes! ¡Somos jóvenes! -repetían exultantes. La juventud, como suele hacerlo la extrema edad, había borrado las características propias, fuertemente acusadas, de la madurez, haciéndolos asemejarse entre sí. Formaban un grupo de animados jovenzuelos, casi enloquecidos con la exuberante frivolidad de sus años.

El más singular efecto de su alegría era su tendencia a hacer mofa de las enfermedades y de la decrepitud, de las cuales habían sido recientes víctimas. Reían fuertemente de los anticuados atavíos: los chaqués amplios como faldas y los colgantes chalecos de los hombres, lo mismo del viejo sombrero y del traje que la fresca muchacha vestía. Uno cruzó renqueando la habitación, cual si fuera un gotoso abuelo; otro colgó los anteojos sobre su nariz, simulando leer en los negros caracteres del libro de magia; el tercero ocupó una silla de brazos para remedar la respetable dignidad del doctor Heidegger; pero bien pronto todos juntos, profiriendo gritos de alegría, saltaron alrededor de la pieza. En cuanto a la viuda Wycherly (si tan fresca damisela puede ser llamada viuda), corrió hacia el sillón del doctor con su rosado rostro animado por traviesa y alegre expresión. -¡Doctor, viejo y querido amigo del alma, venga a bailar conmigo! Entonces los cuatro jóvenes rieron más fuerte que nunca, al pensar en la extraña figura que el pobre viejo médico haría en tales circunstancias. -Sírvase excusarme. -respondió el doctor- Estoy viejo y reumático, mis días de baile pasaron hace tiempo; pero cualquiera de estos alegres caballeros estaría contento con tan encantadora compañía. -¡Baile conmigo, Clara! -dijo el coronel Killigrew. -¡No, no; la acompañaré yo! -gritó Mister Gascoigne. -¡Ella me prometió su mano hace cincuenta años! -exclamó Mister Medbourne. Todos se agruparon a su alrededor: uno se apoderó de sus manos con apasionado apretón; otro pasó el brazo alrededor de su cintura; el de más allá hundió sus dedos entre los brillantes rizos que la gorra dejaba al descubierto. Ruborizada, anhelante, arrojando por turno su cálido aliento a los tres rostros, la viuda forcejeaba entre regaños y risas, y, luchando por libertarse, quedó inmovilizada bajo el triple abrazo. Nunca la rivalidad juvenil, proponiéndose alcanzar los favores de una hechicera belleza, ofreció cuadro más vívido. Y sin embargo, por un extraño equívoco, debido a la oscuridad de la cámara y a los anticuados trajes que todavía vestían, hubiérase dicho que el alto espejo reflejaba las figuras de tres viejos, marchitos y encanecidos señorones, contendiendo, ridículamente, por la descarnada fealdad de una anciana surcada de arrugas. Pero ellos eran jóvenes: sus ardientes pasiones lo probaban. Inflamados hasta la locura por los coquetos manejos de la joven viuda, los tres rivales comenzaron a intercambiar amenazadoras miradas. Pronto, alejándose de la disputada belleza, trabáronse en fiero combate. En el ardor de la lucha la mesa fue volcada y el vaso rompióse en mil pedazos. La preciosa Agua de la juventud corrió por el piso como brillante arroyuelo, humedeciendo, al pasar, las alas de una mariposa que, envejecida en la declinación del verano, habíase posado allí para morir. El insecto revoloteó por la pieza, y fue a asentarse sobre lanevada cabeza del doctor Heidegger. -¡Vamos, vamos, caballeros! ¡Vamos madame Wycherly! -exclamó el doctor- ¡Me veo obligado a protestar contra esta algarabía! Quedáronse quietos, y un estremecimiento los sobrecogió, pues les pareció como si el encanecido Tiempo los proyectara hacia atrás, arrancándoles de su soleada juventud, para hundirlos en el lejano, frío y oscuro pasadizo de los años. Miraron al viejo doctor Heidegger, que continuaba sentado en su sillón de talla, sosteniendo entre sus manos la rosa de medio siglo atrás que había rescatado de entre los fragmentos del
vaso. A una señal suya los cuatro alborotadores ocuparon de buena gana sus asientos, pues, a pesar de su juventud, los violentos ejercicios habíanlos fatigado. -¡La rosa de mi pobre Silvia! -exclamaba el doctor Heidegger, manteniéndola de modo que la iluminaran las nubes del ocaso- ¡Me parece que está marchitándose de nuevo! Y así era, en efecto. Mientras el grupo la miraba, la flor seguía desmejorando, hasta que se puso tan seca y frágil como cuando fue arrojada dentro del vaso. El doctor desprendió las pocas gotas de agua que aún conservaba adheridas a sus pétalos. -Me es tan querida así como con su húmeda frescura. -observó, llevando la mustia rosa a sus labios tan marchitos como ella. Mientras hablaba, la mariposa agitó sus alas, y desprendiéndose de su encanecida cabeza, cayó sobre el piso. Un nuevo estremecimiento sacudió a sus huéspedes. Una extraña frialdad (si era del alma o del cuerpo, no podían precisarlo), los iba ganando gradualmente. Miráronse unos a otros, imaginando que cada fugaz momento les arrebataba un encanto y dejaba en su lugar una profunda huella. ¿Eran víctimas de una ilusión? ¿Podrían, en tan breve espacio, acumularse los cambios de una vida entera? ¿Eran nuevamente cuatro ancianos sentados con su viejo amigo el doctor Heidegger? -¿Nos estamos, tan pronto, volviendo viejos? -gritaron apenados. Era así, en verdad. El Agua de la Juventud poseía una virtud más transitoria que la del vino. El delirio por ella producido desaparecía con tanta rapidez como las burbujas de su superficie. Sí, otra vez eran viejos. Con repentino impulso, revelador de la mujer que aún alentaba en ella, la viuda apretó contra su rostro las descarnadas manos, ambicionando la protección del sepulcro, ya que no podía conservar su belleza. -Sí, amigos, son ustedes otra vez viejos -dijo el doctor Heidegger- y he aquí que el Agua de Juventud está totalmente desperdiciada en el piso. Bien. No lo lamento; pues aunque la fuente brotara en el mismo umbral de esta habitación no me inclinaría para mojar mis labios en ella; no, aunque el delirio que produce durara años en vez de minutos. ¡Ésta es la lección que de ustedes aprendí! Pero los cuatro amigos del doctor no aprendieron tal lección. En ese mismo momento acababan de planear un peregrinaje a la Florida, para beber allí, insaciables, a la mañana, al mediodía y a la noche, el Agua de la Juventud.

lunes, 13 de abril de 2015

El misterio del triángulo de Bennington

Cerca del monte Glastonbury, en Vermont, se encuentra el Triángulo de Bennington, una enigmática zona boscosa donde se pierde el rastro de las personas que un día desaparecieron y de las que nunca más se supo. La mayoría de estas desapariciones se produjeron sin que la policía encontrara una sola pista para averiguar que había ocurrido. Las víctimas eran personas de diferentes edades y de ambos sexos y todas ellas se esfumaron en un plazo de cinco años entre 1.945 y 1.950. Todas las desapariciones ocurrieron en el último trimestre del año, entre los meses de octubre, noviembre y diciembre, aparte de esto, poco más se supo para conocer lo ocurrido.
La primera desaparición ocurrida en el Triángulo de Bennington se remonta a 1.945,  un hombre llamado Henry MacDovell, evadido de un hospital psiquiátrico en el que estaba recluido por ser el autor de la muerte de otro hombre desapareció sin dejar rastro en ese lugar. Este suceso es a menudo citado como la primera de las desapariciones del Triángulo de Bennington.
El 12 de Noviembre de ese año un hombre llamado Middie Rivers que trabajaba como guía de montaña desapareció misteriosamente ante los ojos del grupo de turistas a los que acompañaba de regreso al campamento. Él caminaba delante del grupo de personas por una zona que conocía sobradamente cerca de la carretera de Long Trail y simplemente desapareció, nunca más fue visto ni se encontraron restos o pistas que dieran respuesta a este inquietante suceso a pesar de las batidas que la policía y voluntarios realizaron durante días.
Un año mas tarde, concretamente el 1 de diciembre de 1.946 una estudiante de dieciocho años de edad de nombre Paula Welden se adentró en los bosques de la zona con la intención de hacer senderismo de montaña.  Esto es lo último que se supe de ella.
Jamás salió del bosque y las pesquisas iniciadas por la policía no dieron tampoco esta vez ningún resultado.
También se cuenta que en el año 1.949 tres cazadores desaparecieron en el triángulo de Bennington durante una jornada de caza, aunque no se ha podido investigar si esto es verdadero o simplemente una habladuría.
Sin embargo si se sabe que el día 1 de diciembre de ese año un hombre llamado James E. Tetford protagonizó lo que parece ser la desaparición más enigmática ocurrida en el triángulo de Bennington. El señor Tetdford desapareció mientras se encontraba en el interior de un autobús en movimiento. Los demás pasajeros testificaron que lo vieron en el autobús, pero para cuando éste llegó a su última parada en Bennington, James Tetford había desaparecido.
El 12 de octubre del año siguiente Paul Jepson, un niño de ocho años, desapareció de la vista de su madre mientras ésta se encontraba realizando algunas tareas domésticas. La posterior búsqueda de la policía fue muy exhaustiva, empleándose perros para seguir el rastro del niño. Los perros avanzaron a través del bosque hasta una autopista cercana donde perdieron el rastro. Esto hizo pensar a la policía que la desaparición de Paul Jepson fue un secuestro y que el pequeño fue introducido en algún vehículo que circulaba por aquella autopista.
La última desaparición de la que se tiene constancia en el triángulo de Bennington es la de una mujer llamada Frieda Langer. El 28 de octubre de 1.950 Frieda fue de excursión con su primo. En un momento de la caminata, Frieda tropezó y cayó en un lugar que estaba anegado de agua. Frieda decidió volver al campamento para cambiarse de ropa y su primo se quedó en aquel lugar esperando que regresara.  Frieda nunca llegó de vuelta al campamento. Se inició entonces un masivo operativo de búsqueda por tierra y aire. Policía, bomberos, militares y voluntarios participaron durante días rastreando toda la zona sin conseguir tampoco resultados aparentes.  Pero siete meses más tarde el cuerpo de Frieda fue encontrado en un descampado que, curiosamente, ya había sido rastreado en los meses anteriores por la policía. Debido a las condiciones en que se encontraba el cuerpo y al tiempo transcurrido los forenses no pudieron determinar  la causa de la muerte.
Existen varias teorías sobre la naturaleza de las desapariciones del triángulo de Bennington pero todas ellas siguen siendo bastante endebles y no logran explicar por sí mismas todas las desapariciones.  La primera teoría menciona la posibilidad que durante aquel periodo hubiera un asesino en serie por aquella zona. Si bien esto es totalmente posible, la diferencia de sexo y edad entre las víctimas y la ausencia total de pistas o evidencias en todos los casos, parecen echar por tierra esta tesis. No es muy habitual encontrar un asesino que actúa tan indiscriminadamente al escoger a sus víctimas.
Otra teoría sostiene que las desapariciones se debían a desgraciados accidentes de montaña. Las fechas en que ocurrieron todas las desapariciones entre las estaciones de otoño e invierno son las propicias para que el suelo del bosque aparezca cubierto de una gruesa capa de hojarasca que oculte pozos o agujeros donde habrían caído inadvertidamente las víctimas.   Sin embargo esto no explica los casos de Frieda Langer y James Tetdford. Además, en las búsquedas que se organizaron tampoco se encontraron pozos o simas que pudieran explicar esta teoría.
Lo cierto es que pasado ese periodo las desapariciones dejaron de tener lugar y actualmente no se conoce ningún otro caso que haya tenido lugar en esa zona.
Probablemente no existe un único motivo para explicar las extrañas desapariciones del triángulo de Bennington y sea más sensato pensar que obedezcan a varias razones: accidentes, extravíos o secuestros…, pero de lo que no cabe duda, es que el misterio que las rodea sigue estando vigente y que la población local sigue considerando la zona que rodea el monte Glastonbury como maldita.

martes, 7 de abril de 2015

Jack el destripador


En varias ocasiones,  un hombre pulcramente vestido y de aspecto vulgar se deslizó entre el bullicio nocturno del barrio de Whitechapel (Londres) en 1888. Otras tantas veces habló con mujeres de la calle que infelizmente murieron acuchilladas.
Si hubiera que otorgar un título al criminal mas famoso de la historia, tal distinción recaería en un hombre del que todavía se desconoce su identidad, y que se hacía llamar Jack the Ripper.
A Jack el destripador le cabe el dudoso honor de haber inaugurado de manera oficial una nueva modalidad en la historia del crimen. El llamado crimen patológico. Sus hazañas marcaron un giro en el aspecto de la aberración sexual, y debido a la ausencia de motivos aparentes, sus asesinatos sumieron a los londinenses en el espanto, ante la perspectiva de cruzar ciertas calles de la ciudad durante los últimos meses de 1888.
Innumerables detectives e investigadores expusieron sus teorías respecto a Jack, pero hasta el momento la cuestión no ha podido ser resuelta de manera definitiva.
No faltan quienes suponen que sus crímenes se prolongaron durante años, lo que no parece probable. Mas cierto es que tuvieron lugar entre agosto y noviembre, aunque no a sido posible establecer la exactitud del número de crímenes que cometió en realidad.
El barrio East End, en el Londres de la época victoriana, era la prueba más evidente de la miseria y la desigualdad, en medio de la despreocupación y opulencia de una sociedad llena de prejuicios, más preocupada, de la igualdad de los caballos que de las desigualdades de los hombres. Allí parecían haberse reunido todas las lacras y miserias morales y sociales, al anochecer los callejones, patios y esquinas eran oscuros antros, sin mas iluminación que la proporcionada por algunas velas y quinqués que asomaban por los ventanucos. En el interior de los chamizos, los desheredados de la fortuna trataban de acomodarse como podían. Fuera, en las insalubres calles, hombres, mujeres y niños, arrastraban una vida miserable, delictiva y, con frecuencia, rayando lo criminal. Su único alivio consistía en el olvido que podía proporcionarles una botella de ginebra por unos cuantos peniques, para muchas mujeres la prostitución era el único medio de vida.
Jack el destripador, penetró en este hervidero humano en 1888 y con el llegó el miedo y el terror.
Su primer crimen tuvo lugar en Gunthorpe Street, su victima, Martha Turner, una prostituta de mediana edad cuyo cadáver fue encontrado a las 5 de la madrugada en un portal de dicha calle. El cuerpo presentaba 39 puñaladas y el asesino había utilizado dos armas diferentes, una de ellas un cuchillo de hoja larga y la otra un instrumento de cirugía.
Otra prostituta, Mary Ann Nicholls, de 42 años, tuvo la mala suerte de encontrarse con Jack en el callejón de Buck´s Row, en la madrugada del 31 de agosto, la encontró un cartero no lejos de allí, en un patio interior del East End, con el cuerpo destripado y un corte en la tráquea.
El siguiente asesinato tuvo lugar el 8 de septiembre, la victima otra prostituta, Annie Chapman, de 47 años. Un dependiente del mercado de Spitalfields encontró el cuerpo en un patio de Hanbury Street. La cabeza casi completamente separada del cuerpo, había sido atada con un pañuelo alrededor del cuello para mantenerla fija. Sus sortijas, algunas monedas y otros efectos personales, habían sido esparcidos entre los nauseabundos restos. Había sido totalmente destripada, le faltaba un riñón, los ovarios y dos dientes, todo ello de tal forma que revelaba que el asesino poseía considerables conocimientos anatómicos y quirúrgicos.
Grupos de espontáneos vigilantes recorrían las calles armados con garrotes, principalmente por las noches, la policía detuvo a varios inocentes, solo se pudo inferir que el criminal parecía ser zurdo y que tenía notables conocimientos de medicina.
El 28 de septiembre, la agencia central de noticias recibió una nota firmada por el propio Jack el destripador, y que sería la primera de una larga serie de misivas de las que existen razones mas que suficientes para creer que en realidad eran firmadas por el asesino en persona y cuyo contenido era “odio a las prostitutas y seguiré destripándolas hasta que me canse”. El conocimiento de este hecho incrementó el pánico, mientras se fracasaba en los intentos por encontrarle por parte de la policía.
La noche del 30 de septiembre, se cebó en dos mujeres, y dejó la única pista de sus crímenes, Tras el número 40 de Berner Street, fue encontrado en un patio el cadáver de la sueca Long Liz Stride, vertiendo aún sangre a borbotones por la garganta, pero sin presentar ninguna mutilación de órganos. Posiblemente estuvo a punto de ser sorprendido antes de sus atroces prácticas, y furioso por el fracaso se encaminó al oeste de Whitechapel, allí se encontró con Catherine Eddowes, de 43 años, cuyo cuerpo fue apuñalado de forma tan atroz que era prácticamente irreconocible, un vecino declaró haber visto a un hombre huir del lugar de los hechos portando un maletín negro.
Un reguero de sangre se extendía desde el cuerpo mutilado hasta un portal donde alguien escribió con tiza, “los judíos no tienen la culpa”, el jefe de policía Charles Warren ordenó que fuera borrado inmediatamente sin calcarlo ni fotografiarlo.
Al día siguiente , la agencia de noticias recibió una nueva nota, en tinta roja, en la que el criminal manifestaba haber sido sorprendido cuando iba a mutilar a su primera victima, y que la segunda casi le descubre al gritar.
El 9 de noviembre, actuó de nuevo, la última persona, aparte del criminal, que pudo ver con vida a Mary Jeannette Nelly de 25 años, también prostituta, fue un transeúnte llamado George Hutchinson.
Según sus declaraciones estaba acompañada por un hombre pequeño y bien vestido, bigote rubio y sombrero de caza. A primera hora de la mañana encontraron su cadáver en su domicilio. Apareció desnuda y ensangrentada, la cabeza casi separada del cuerpo y el corazón depositado sobre la almohada, sus entrañas colgaban del marco de un cuadro.
Mary fue al parecer la última victima del destripador, aunque según algunos estudiosos se cometieron otros tres asesinatos mas.
Jack el destripador apenas dejó rastros apreciables para el nivel técnico de la policía de aquella época.
La policía cerró el caso pocos meses después de la muerte de Mary Nelly.
Según las hipótesis de Melville Macnaghten, de Scotland Yard, la policía se centro en tres sospechosos, un medico ruso llamado Miguel Ostrog, un judío polaco apedillado Kosmanski que aborrecía a las mujeres y un abogado corrupto llamado Montague John Druitt, los familiares de Druitt estaban convencidos que éste y el destripador eran la misma persona, su primo, el doctor Lionel Druitt tenía una clínica de cirugía en Whitechapel minories, a 10 minutos del mas alejado de los lugares de los crímenes. Druitt no fue ni interrogado ni detenido, poco después del último asesinato desapareció repentinamente. El 31 de diciembre se encontró su cuerpo flotando en el tamesis.
Para otros, el destripador era un medico famoso, deseoso de venganza por la muerte de uno de sus hijos, consecuencia de una enfermedad venérea.
Y para otros, era el hijo de un aristócrata encerrado algún tiempo en un manicomio en la localidad de Ascot, tesis muy arraigada entre las clases populares que creían que la policía conocía la identidad de Jack el destripador pero deseaba mantenerla en el anonimato al pertenecer a la nobleza o aristocracia.
A día de hoy solo una persona sabe la verdad de todo : el propio Jack el destripador. 

jueves, 2 de abril de 2015

La séptuple maldición de Lilith

Cuando Lilith habló le ordenó a Lamec que anotara al final de sus palabras una advertencia para el sabio.
“Maldita sea la cabeza del escriba que altere un solo ápice o carácter de estas verdaderas palabras. Su rostro será deformado y los hijos de sus partes no lo conocerán.”
“Siete veces maldita sea la cabeza del mercader que venda estas palabras por oro en la plaza del mercado.
Él será vendido como esclavo y su nombre perderá su lustre.”
“Siete veces siete sea maldita la cabeza del incrédulo que dañe estas palabras por fuego o agua o por desmoronamiento de tierra. Por ese mismo poder habrá de sufrir tormento y una vergonzosa muerte.”
“Bendita sea la cabeza del escriba que trasmita con diligencia estas palabras. Él será reconocido en su vejez y sus hijos le honraran.”
“Siete veces bendita sea la cabeza del estudioso que estudie estas palabras con reverencia. Su nombre perdurará y sus enseñanzas fructificarán.”
“Siete veces siete sea bendita la cabeza del santo varón que rescata estas palabras de la destrucción.
Él vivirá por siempre y su memoria será honrada entre los sabios.”
Lamec anotó las palabras de advertencia que Lilith le había dicho.
Y yo, Solón de Alejandría, he copiado todas las palabras fielmente de los caracteres angélicos para consuelo de mi soledad. Que la bendición de la Madre Celestial descienda sobre mi cabeza. Amén.